miércoles, 22 de junio de 2016

Odio a la gente que se muere


Odio a esa puñetera gente que desaparece repentinamente y deja de darte sus dosis imprescindibles para engrandecerte el alma. Peor aun si se marcha para siempre.
Sí, aborrezco a quienes se mueren y me dejan tirado. A los que me sirvieron para sufrir de tráquea con lo que me regalaban, a tragar saliva que parecía bombearse sola y experimentar una desconocida transformación orgánica que terminaba surcando las mejillas.
Maldigo constantemente a quienes han formado parte de mi vida con su obra sin ellos imaginarlo, a quienes han sido tocados por Dios, la naturaleza, las musas o quienes sean capaces de ungir desde donde puñetas se encuentren, el Valhalla donde seguramente os reciben cuando os vais para la eternidad.
Maldigo cada día que un pentagrama se queda en blanco, un concertino mudo, una trompa sin cobrar vida insuflada, una butaca de un teatro sin sentirme niño, una película amputada del espíritu de la música.
Cuesta seguir con la piel en flor cuando se ausentan bruscamente quienes han sido hilo argumental de tu vida y de amistades imperecederas, esas que has visto sus ojos brillar frente a un micrófono en tantos años de radio cuando acercábamos obras maestras a los oídos de miles de oyentes, cuando hemos tarareado caras enteras de discos de vinilo comprados en el mercado negro tras salir de un concierto y los efectos de las copas no han sido capaces de hacernos olvidar un 'Main Title' o un 'Love Theme'.
Y al año te me matas de nuevo cuando caigo en la debilidad de trabajar frente al teclado y oir tu maldita obra, esa que no puedo remediar.
Te odio, jodido maestro, porque el año próximo volverás a matarte. Y así toda la vida. Qué paradoja.


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