martes, 6 de agosto de 2013

Ignacio Bustamante

Ignacio era un tipo inquieto. Yo lo recuerdo en numerosos momentos, pero especialmente en la Pastora, dando vueltas, de aquí para allá, días antes del Martes Santo. Cuando ansiaba tranquilidad, se colocaba en algún hueco tras el paso de palio de María Santísima de Gracia y Esperanza, cuyo manto de cola apenas dejaba resquicio para algo. Pero él no podía alardear de tamaño precisamente, así que allí, o si éramos varios arriba en el presbiterio pero siempre en la cola de las andas de la Señora, pausaba su vertiginoso ritmo de trabajo por su Cofradía del Huerto y charlaba con algún amigo que visitaba el templo para presenciar el montaje de los pasos.

En esos ratos conversábamos respetuosamente sobre enseres, horarios de las procesiones, estrenos, y en los últimos años de renovaciones, de patrimonio humano en el mundo de las hermandades, de "lo que esto fue y ya cuesta trabajo reconocerlo" por muchas vicisitudes que están sucediendo en la Semana Santa y en el mundo cofrade. Lo hablado se queda para él y para mí, al igual que lo que con otros amigos confesara también pertenece a la intimidad de quienes tuvieron la dicha de conocerlo de cerca y granjearse su amistad.

Cuando fue hermano mayor del Huerto -yo era un niño, después un chaval- nos picábamos sanamente. Yo le decía que demostraba constantemente "tenerle envidia" a la Misericordia y me replicaba asegurando que éramos "muy pijos y estiraos", entre otras lindezas. Terminábamos riéndonos y pasando a otros temas más 'universales'. Yo defendía la capitalidad de Cádiz y su belleza e Ignacio me decía que, como San Fernando, no existía nada igual. Si coincidíamos al marchar y paseábamos desde la Pastora hasta nuestros domicilios, enfilábamos Marconi arriba o Daniel González para serpentear entre los recovecos del barrio más bello de La Isla. Y era entonces cuando yo le reconocía, le admitía sus palabras, aunque volviéramos a discutir porque para él, el Carnaval era algo que "no valía ná"  y yo le veía su arte. Y como en una de sus letras decía precisamente Tino Tovar, "así pasamos la vida, regaña que regaña tó los días...".

Hemos coincidido multitud de ocasiones en las plazas de las iglesias viendo las procesiones llegar de madrugada, y Dios seguro que nos perdonará, porque lo hemos pasado muy bien. En la recogida de la Vera+Cruz de 2011, enfilando el imponente paso crucero el último tramo de la plaza Madre Teresa de Calcuta, y después de que yo mostrara repetidas veces mi orgullo por la imagen que estábamos viendo, me dijo repentinamente, con la aviesa intensión de callarme pero a la vez, paradójicamente, buscarme la lengua: "Tu otra hermandad será muy bonita, Carlos, pero qué marcha más aburría...". Tuve que reírme y meterme con la recogida del Huerto para contraatacar, claro...

Creo que estaba con nosotros Manolo Silva, inseparables en su amistad, en su trabajo. Cuando tenía que dirigirme a las oficinas de Tesorería del Ayuntamiento de San Fernando a llevar facturas de algún tipo de mi empresa, ambos siempre mostraban su alegría, y si rápidamente me volvía para continuar con mi particular agenda de trabajo, Ignacio jamás me lo permitía. "Espera, Carlos,quédate aquí, vamos a charlar un poco...¡Manolo, ven pacá!". Llamaba a Silva que acudía a una improvisada tertulia que prolongaba los instantes hasta transformarlos en ratos. Y qué ratitos hablando de lo que nos gustaba a los tres. La última vez, hace muy pocas semanas, cuando ya le dije que tenía que marcharme porque eran las dos de la tarde y ellos también tenían que cerrar las oficinas, me comentó como si fuera un secreto, con la compenetración que te otorga la amistad duradera, heredada de familia: "Tú no te preocupes, que tu factura la pongo aquí arriba, para que te la miren pronto, que yo sé cómo está la cosa...". Casualmente, mi empresa recibió el aviso bancario del ingreso de esa factura el viernes 26 de julio, a la vez que conocíamos el triste destino de Ignacio. Miré hacia el cielo en mi despacho y pensé que había cumplido aquello que me dijo.

Hasta el final de sus días, de sus horas, fue un hombre de palabra. La misma que empleó para que su Virgen de Gracia y Esperanza fuera coronada canónicamente, la misma que no tuvo dudas en darme cuando me prometió algunos artículos sobre la figura del Beato Marcelo Spínola para el periódico 'San Fernando Cofrade'. La misma que cuando fue presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías de San Fernando me entregó como su más preciado aval cuando nos confesábamos noticias inconfesables, siendo yo coordinador del suplemento cofrade 'El Varal' en 'San Fernando Información'.

Ignacio era quien te saludaba primero y con su tono animoso cuando te cruzabas por la calle con el inseparable trío que conformaban tres personas de valía: el padre Luis Palomino, Antonio de Hombre y él. Como siempre, y tras un estridente adiós, pronunciaba mi nombre a la mitad. Yo no era José Carlos para Ignacio, sino 'Carlos'. Así había llamado a mi padre desde que se conocieron hace muchas décadas y así lo hizo conmigo. Ignacio era de aquellos cofrades del Huerto más genuino, de los de toda la vida, de los de Pepe Reyes, Silva, De Hombre, David Rodríguez, Chiqui Castro Haro, Dominico... exponentes de generaciones distintas, marcados con un inconfundible sello.

Ignacio deja un desgarro en el alma de su familia y en el de sus amigos, pero cada vez me voy haciendo más mayor y creo menos en los tópicos y en las frases hechas. Todos sabemos, imaginamos, lo que sus hijas y familiares deben estar sufriendo, no vamos a punzar más en la herida. Queda el descanso merecido de las personas buenas, la quietud de su alma y su recuerdo, lo inerte de la paz en la memoria y la necesidad imperiosa de mirar hacia adelante con la obligatoriedad, no obstante, de defender su legado y sus actos, de conservar todo lo bueno que él dejó y hacernos seguidor de sus actitudes, concediéndoles el cariño que reclaman inconscientemente sus seres queridos, que son los que ya ven transcurrir el día a día en una nueva y difícil vida. Ese es el mejor homenaje que podemos hacerle a Ignacio. Mi particular regalo se lo hago con estas letras y una fotografía del archivo particular de mi familia, fechada en 1981. Corresponde al acto celebrado en el salón de la Parroquia de la Divina Pastora en el que la comunidad parroquial despedía al padre José María Arenas Gil, entregándole una placa. En la imagen apreciamos a Ignacio Bustamante (2i) como hermano mayor de la Cofradía del Huerto, junto a Joaquín Lara (1i), por entonces hermano mayor del Ecce-Homo, José Carlos Fernández Moreno (3i), que desempeñaba el cargo de hermano mayor de Misericordia, Juan A. Brea, presidente del Consejo Parroquial, y el recordado padre Arenas.

Hasta siempre, amigo.

1 comentario:

Dani dijo...

Un hombre pequeño y singular, a la vez que grande y plural. Te echare de menos capillita.