miércoles, 28 de agosto de 2013

Miguel Joven, 'Tito': "Verano Azul' te hace venir y Nerja te hace volver"

Miguel Joven y José Carlos Fernández Moscoso, durante la entrevista.

"Vosotros no os véis, pero todos mantenéis una sonrisa permanente desde que hemos comenzado. Es la magia de Verano Azul'. Miguel Joven Braun (Lübeck-Alemania, 1973) dirige este mensaje a un grupo que supera la veintena de personas con las que lleva alrededor de una hora compartiendo escenarios que han trasladado en el tiempo a los seguidores de una serie de televisión que en el convulso año 1981 nadie pudo sospechar lo que significaría para la historia catódica española. Ni Antonio Mercero, y menos áun los chicos que protagonizaron aquellas aventuras estivales inolvidables, imaginaban lo que para generaciones enteras supondría 'Verano Azul', además de la crucial contribución para que Nerja se haya convertido, en estas tres décadas, no solo en una bellísima localidad turística, sino en la meca de miles de televidentes, que ahora y gracias a la iniciativa y el ímpetu del actor que interpretó al pequeño Tito en la serie, visitan los lugares del rodaje de la serie como un ritual, como si de la búsqueda de las reliquias demostrativas de una religión se tratara.

En realidad, Nerja y sus parajes relacionados con 'Verano Azul' se convierten en escenarios de peregrinación para la búsqueda de recuerdos y de una infancia inexorablemente perdida. Quienes se inscriben en una ruta que teóricamente transcurre durante dos horas y media, y gracias a la pasión de Miguel Joven se prolonga hasta cerca de la hora de almorzar desde las diez de la mañana, no piensan en la calidad técnica de los diecinueve capítulos de la serie, ni les interesa con qué cámaras se rodaron las secuencias en el mar o en qué pensó Carmelo Bernaola para componer aquella sintonía inmortal del inicio de cada capítulo, o el bellísimo tema dedicado a Beatriz, el vals del acordeón de Chanquete... Los más fanáticos rebuscan en internet sobre ello o preguntan fuera de la ruta a Miguel Joven, pero la inmensa mayoría mantiene otro objetivo: corroborar lo vigente que en la memoria han quedado los problemas de aquellos siete chicos, la visionaria simbiosis entre los que superan ya con creces los cuarenta años y las inquietudes de unos niños que se hacían las mismas preguntas que nosotros en una época en la que quedaba mucho por recorrer para convertir España en un país maduro y sin tapujos. 'Verano Azul' abrió una brecha entre las familias que cada domingo veían juntas unos capítulos, en numerosas ocasiones incómodos para las mentes retrógradas que aún mantenían poder en determinados círculos. En el capítulo 'Eva', la pintora se dirigía a la pandilla sin tapujos a la hora de reflexionar sobre el hecho de tener niños sin estar casados; el viejo pescador era interrogado una y otra vez sobre 'la cosa sexual' en 'La burbuja', y la especulación inmobiliaria en la que cayeron numerosos municipios del litoral español ya se preconizaba en 'No nos moverán', donde el grupo se aferra a la cubierta de La Dorada 1ª, el barco que desgraciadamente se perdió tras el rodaje de la serie.

La réplica del barco de Chanquete donde se inicia la ruta.

La ruta se inicia en la réplica del navío existente en el llamado Parque Verano Azul, un enclave nerjeño donde se habilitaron una veintena de monolitos, cada uno coronado por un azulejo con el número y título de cada capítulo. Miguel Joven cuenta la historia casi diariamente, pero lo hace con la misma pasión que el primer día en el que puso en marcha esta iniciativa. "El barco fue desmantelado y parte de él se llevó a los estudios de TVE, nadie pensó en el éxito que alcanzaría la serie. Cuando el Ayuntamiento quiso recuperarlo, ya era demasiado tarde, y además, hubo un incendio en los almacenes de la televisión, de manera que se hizo esta copia", explica Tito. "En realidad no estaba previsto que el barco siguiera existiendo; recordad el capítulo en el que las máquinas lo elevan para eliminarlo del lugar donde construirían después. En aquella secuencia, todos esperábamos que el buque no aguantara su propio peso, no estaba construido para eso, pero sorprendentemente lo soportó. Antonio Mercero quería que se destruyera en el aire, todos estábamos sin respiración esperando, pero eso no sucedió".

Miguel Joven, junto al rótulo de la calle dedicada a Javi (Juan José Artero).

Es una de las decenas de anécdotas que Miguel Joven cuenta a los integrantes de cada grupo que contempla 'La Dorada 1ª'. Allí se inicia un circuito por las calles del Parque Verano Azul, rotuladas con los nombres de los niños de la pandilla. Ello le sirve a Tito para hablar de cada personaje y sus respectivos papeles en la serie, del contacto que mantienen, de los actores... Se apoya en una carpeta de hojas transparentes en las que conserva más de medio centenar de fotografías de localizaciones y momentos del rodaje que va mostrando a lo largo del itinerario para que el visitante haga su particular comparación e incluso erice el vello de los más nostálgicos cuando, ya en el casco histórico nerjeño, llegamos a la lechería de Pancho, a la plaza Cavana donde el chulo de Rafa (Clipper Legard) subió en su motocicleta a Beatriz. Los de la expedición se detienen en la esquina de este enclave, hoy peatonalizado, y coinciden al repetir la frase: "Adiós, Bea. Que lo paséis muy bien...". Entonces se recuerda la broma de las ranas, la moto sin gasolina, y Tito confiesa que el hijo del presentador Kiko Ledgard no cayó bien entre la pandilla, que ya estaba formada y con un cerrado e infantil sentido corporativo.

Después toca recordar la tasca de Frasco, hoy convertida en el bar El Molino, donde todas las noches estivales no falta el flamenco en un escenario exactamente igual que el que contemplamos en la serie, por el que el tiempo no ha pasado ni siquiera de puntillas... Todo lo contrario a otras localizaciones neurálgicas de 'Verano Azul'. Nerja sigue siendo un pueblo, pero ha duplicado su población con respecto a 1981, sus calles muestran establecimientos abiertos hasta las doce de la noche y el antiguo cine de verano donde la pandilla rueda una de las dos únicas secuencias nocturnas de la serie ya no existe. Ahora se ubica un edificio con un pasaje comercial. Como el modesto ayuntamiento que aparece en varios episodios con el rótulo 'Casa Consistorial'. Aquel enclave donde el alcalde Epifanio comprueba los nocivos efectos de la Compañía Nitro sobre los peces o le recomiendan a 'Telerriba' que aprenda idiomas no era el consistorio realmente. El inmueble desapareció para dar paso al Hotel Plaza Cavana.


Fachada de la tasca de Frasco, como recuerda una placa.
Aspecto actual del interior de la antigua tasca de Frasco.

En la calle Iglesia, por la que el grupo de fans es conducido hacia el Balcón de Europa, Miguel Joven se detiene para recordar cuando hizo de correveidile entre José Luis Fernández y Juan José Artero, despliega su álbum e invita a todos a observar una ventana a cierta altura. "Esas tres macetas son las mismas que estaban en ella hace treinta y tres años", asegura, corroborándolo con una fotografía en la que Pancho está entregando un pedido de botellas de leche a un vecino cuya vivienda muestra el mismo alicatado, idéntica fachada que cuando Mercero colocaba las cámaras en aquella angosta calle que culmina en uno de los paisajes más bellos de la axarquía malagueña. Es allí donde Nerja se abre al mar, el lugar donde Julia vendía sus cuadros, en el que el cantante Bruno llegaba en coche zafándose de sus fans y los niños compraban helados.

video


Los participantes de la ruta llegan hasta el Balcón de Europa.

El balcón donde finaliza la visita y, para los más apasionados de 'Verano Azul', comienza su particular recorrido por otros enclaves del rodaje no incluidos en la ruta debido a su lejana localización o su estado actual. De hecho, la inolvidable Cala Chica donde la pandilla vive sus experiencias más relacionadas con el mar se sitúa a unos seis kilómetros de Nerja, en la vecina Maro, y su nombre es inventado. Su verdadera denominación es 'La Caleta de Maro' y llegar hasta ella es dificultoso. Trasladar los equipos de rodaje a aquel punto era francamente complicado, y parte del material se hacía diariamente por mar. Pero la sola visión de aquella franja de arena y el perfil del litoral, conservado tal y como se rodó en su momento, es una marillosa guinda al pastel de la jornada de la ruta turística. Será complicado evitar los ojos vidriosos cuando nos encontremos ante la silueta de las dos rocas desde donde Bruno cae al mar o los pequeños divisan las botellas que Pancho lanzaba para confesar su amor por Beatriz.

La Caleta de Maro, en agosto de 2013.

A la derecha, las conocidas dos rocas de Cala Chica.

Antes, también es de visita obligada el chiringuito de Ayo, en la playa de Burriana. El panorama del paseo marítimo en el que se encuentra ha cambiado sustancialmente, el bar ha incrementado sus metros cuadrados y las mesas se cuentan por decenas, pero en el ambiente se respira el aroma del arroz con el que Pancho invitó a sus colegas a modo de agradecimiento tras su accidente en 'Pancho Panza'. Y si alguien tiene algún amago de desconexión, pronto recibirá una descarga del recuerdo. Ayo aparecerá por los pasillos del restaurante, entre las mesas, observando si todo está correcto, se dirigirá hacia la enorme paellera de ese momento y él mismo despachará a quien quiera repetir el manjar. Su amabilidad es extrema con todos, que lo recuerdan como uno más de la pandilla al que Pancho robó su yegüa para recorrer Cala Chica como el jinete enmascarado acompañado de su amor platónico. "Ayo es una personalidad en Nerja -explica Miguel Joven-. Gracias a él se han evitado mamotretos constructivos en el pueblo, disparates modernos urbanísticos... es un hombre sensato cuya opinión tiene mucho peso", asevera el pequeño de la pandilla de los siete enanos, mientras recuerda que fue precisamente gracias a él por lo que participó en la serie. "Mi padre trabajaba en su chiringuito. Era el sitio elegido por el equipo de rodaje para comer diariamente. Dejaron de venir unos días, y al regresar, Ayo le preguntó a Antonio Mercero si había sucedido algo con el rodaje o estaban descontentos con la comida. El director le dijo que habían tenido que paralizar la grabación porque no encontraban a un niño que encarnara a Tito, que finalmente fui yo".

Ayo en su popular chiringuito. La paella no puede faltar...

Y es que Miguel Joven dio el relevo nada menos que a Jorge Sanz y a otro chico que no convenció al realizador guipuzcoano. "Habían escogido en principio a él, pero problemas en su agenda y la decisión de sus padres lo impidieron. Fíjate que Jorge Sanz ya era famoso por aquella época, pero tantos meses de rodaje aquí... Y el pequeño que le sustituyó no pareció del agrado de Mercero, así que Ayo le dijo que porqué no le hacía una prueba al hijo de uno de sus camareros, que podría funcionar. Ese era yo. De hecho, cuando llegué a la serie, venía de Barcelona, donde estaba con mi familia paterna. Mi padre es de allí y mi madre alemana. Al 'aterrizar' en Nerja, de donde era mi tío, los equipos de 'Verano Azul' ya estaban trabajando".

Pero Miguel Joven conocía sobradamente la bella localidad malagueña. "Yo me crié en la playa de Burriana, hacía amigos que hablaban inglés, sueco... Tras la serie trabajé también en el chiringuito de Ayo y mi primera bicicleta me la compré con catorce años con el 'sueldo' que me dio. Después fui ayudante de maitre y terminé en la recepción de un hotel, hasta que se me ocurrió la idea de promocionar todo lo relacionado con 'Verano Azul'.

La ruta del 22 de agosto se alargó más de lo normal. El grupo era numeroso, y Miguel parecía haber explicado los entresijos de la serie como si fuera la primera vez. Además, el refresco que gentilmente ofrece a mitad del itinerario en el hotel Plaza Cavana se prolongó con la firma de las fotografías del grupo. Habíamos quedado para conversar más detenidamente y realizar la entrevista una vez finalizara el recorrido, y así lo hicimos aunque nos costara almorzar la paella de Ayo al borde de las cinco de la tarde. Sentados en un velador de Plaza Cavana, Tito profundiza sobre todo lo que concierne a 'Verano Azul' y a su persona.

Miguel Joven tras firmar una fotografía en el ecuador de la ruta.

-Tras más de tres décadas del rodaje, y comprobando la respuesta de los seguidores de la serie, que vienen de muchos puntos de España y del extranjero, ¿cómo no se le había ocurrido antes promocionar la marca 'Verano Azul'?
La serie ha significado lo que más proyección turística le ha reportado a Nerja. En estos treinta y tres años siempre ha estado emitiéndose en alguna cadena de televisión, y no solo en nuestro país. Se ha traducido a veinte idiomas diferentes, ha tenido un éxito arrollador en Estados Unidos, Canadá o Bulgaria, por ponerle varios ejemplos. En este último país ha sido tremendo. Hay una calle en su capital, Sofía, llamada 'Verano Azul'. Cuando la crisis comenzó a hacer mella y perdí mi trabajo en el hotel, creé la marca 'La pandilla de Verano Azul' en internet y productos oficiales que incluso diseñé, como camisetas, tazas, gorras, para ofrecerlas en puntos de venta oficiales. Después se me ocurrió lo de las rutas, tanto la de la serie por el pueblo como la de los cayak por los acantilados, este año la de las cuevas de Nerja exclusivas para grupos coordinados por mí... Creamos una empresa al 60%-40%, ya que tenía que contar con quienes quisieran invertir, y en ello estamos, avanzando. También el acceso a internet ha posibilitado que millones de espectadores hayan visto la serie en el portal de TVE, precisamente gracias a una idea que partió de Miguel Ángel Valero, mi compañero 'Piraña', que fue quien defendió la idea de que el ente público subiera en su web los capítulos, reportajes especiales, etc. Y tras hacer las gestiones oportunas, así fue. Miguel Ángel es un tipo genial, un prestigioso investigador además, veranea en San Fernando, de donde es su familia...

-Sí, los conozco e incluso su tía me dio clases de matemáticas cuando era niño. Eso quiere decir que el contacto con el resto de la pandilla existe...
Nosotros mantenemos el contacto e incluso algunos nos vemos frecuentemente. Gerardo Garrido, Quique, viene a Nerja con Lola, su mujer, siempre que puede; Con Cristina Torres, Juanjo Artero... Precisamente hoy tenía que haber estado aquí José Luis Fernández, 'Pancho', iba a darnos una sorpresa y acompañarme en la ruta guiada sin que nadie lo hubiera sabido y después haberse quedado con nosotros, pero cuestiones de trabajo le han impedido venir. Nos han nombrado pregoneros de Bubión (Granada) en próximos días y tampoco podrá estar presente... Es decir, nunca nos olvidaremos de 'Verano Azul' y de la pandilla de amigos que hicimos. Es obvio que somos muchos, cada uno tiene su vida y algunos están más alejados del recuerdo de la televisión, pero permanecemos unidos por la serie.

-Entonces, lo que algunos cuentan de los enfrentamientos o 'leyendas negras' de varios de sus actores, es falso. Le he visto en la ruta muy indignado cuando ha citado las habladurías relacionadas con el actor José Luis Fernández...
Sí. Se han dicho muchas mentiras y con José Luis han sido especialmente injustos. Le acusaron de estar metido en determinadas cosas, en la droga, y lo único que sucedió fue lo que a muchos nos puede pasar: somos anónimos y de repente nos llega la fama, el dinero, y no sabemos emplearlo adecuadamente. Pero eso fue algo efímero, después se solucionó todo y es una persona excepcional, centrada y madura, como el resto. Recuerdo que incluso nos han llamado de programas de televisiones que les gusta polemizar sobre estas cosas y haber visitado el plató de Crónicas Marcianas, con Javier Sardá. Le dijimos que la condición era no tocar un tema que estaba ya comprobadamente cerrado como el de José Luis, y nos garantizaron que así sería. Al empezar la entrevista, en directo, sacó el tema incumpliendo lo prometido y le tuvimos que decir un par de cosas al respecto. Además, jamás ha habido enfrentamientos entre nosotros ni hubo polémicas con el equipo del rodaje. Tanto es así que Antonio Mercero era un incondicional durante años de Nerja y siguió viniendo para veranear hasta que su enfermedad le ha hecho mella. Nerja enamoró a muchos, ¿recuerda al actor Sergio Arteta, que interpretó al mago Massip en el episodio 'La última función'? Era vasco y se quedó aquí a vivir. Está enterrado en el cementerio nerjeño. Uno de los productores de la serie, Antonio Pozueco, conoció a su novia en Nerja y se casó con ella... Yo siempre he dicho que 'Verano Azul' te hace venir y Nerja te hace volver.

-Usted precisamente hizo regresar a todos en el año 2011 para celebrar el 30 aniversario de la serie.
Volvamos a la crisis que anteriormente le comenté. Cuando comenzó a fortalecerse, me presenté al concejal de Turismo del Ayuntamiento de Nerja para proponerle hace un paquete de visitas y que el Consistorio entendiera lo que podría suponer el recuerdo de 'Verano Azul' para Nerja. El 30 aniversario era un buen punto de partida y la organización de todos los actos recayeron sobre mí. El concejal me dijo que ni siquiera había visto la serie... Perdí catorce kilos durante la preparación del programa de actividades y desde el Ayuntamiento me dijeron que el alcalde no asistiría porque no estaba bien que el primer edil asistiera a actos a los que no iba a ir nadie. Llegó el día y aquello fue imborrable. Nerja entera estaba movilizada, visitantes de muchísimos lugares de España, un viaje en bicicleta de todos los que quisieron que desbordó las previsiones y todos los actores, menos lógicamente Antonio Ferrandis, estuvimos presentes en el acto, subidos al barco de Chanquete... Fue un éxito y sirvió para demostrar lo que es capaz de lograr 'Verano Azul'.

-Y precisamente para todas las edades. En la ruta de hoy se encontraba un niño de seis años que le ha repetido diálogos enteros de la serie en cada localización que nos deteníamos.
Sí, de eso no cabe duda. 'Verano Azul' es un documental sobre Nerja y ha unido a familias de generaciones enteras en torno al televisor.

-Usted tenía justamente seis años cuando encarnó a Tito, ¿cómo llevó el rodaje y la posterior fama?
Estuvimos grabando durante dieciséis meses, nada menos que casi año y medio. No fue solo cosa de un verano, muchas secuencias están rodadas en invierno, a mí se me ve tiritando de frío al salir del agua en algunas. Fue difícil y el equipo tenía que hilar fino para que no hubiera fallos de raccord. Pero era complicado ocultar algo casi imposible: que nosotros crecíamos muy rápido. Y así en algunos episodios aparecía Tito sin los dientes de las paletas y en otras sí, porque me habían crecido. Juanjo Artero pegó un estirón espectacular, y Cristina Torres le conservaron al cabo de los meses el bañador oscuro con la franja verde que se había colocado al principio, pero el pecho le había crecido y aquello fue un problema para ella. Claro, normal... Durante el rodaje, Miguel Ángel Valero y yo tuvimos un profesor particular, y el resto de chicos y las dos chicas se quedaron aquí el curso entero y dieron clases en un instituto de Nerja. Hay quienes aún le puede contar que fueron compañeros de aula de Pancho o Javi. Y así se estrenó la serie el 11 de octubre de 1981. No había absolutamente nadie en las calles de Nerja, todo el mundo estaba en sus casas frente al televisor. Después, ese boom se extendió a toda España. Yo lo llevé bien, pero vosotros no me dejásteis. La gente se me abalanzaba para verme y yo lo que quería hacer era lo de siempre: correr por la playa, jugar, salir a la calle como un niño. Mi madre estaba hastiada de tanta gente en la puerta de mi casa, pero siempre lo llevé lo mejor que pude. Posteriormente, gracias a mis trabajos, mantuve mucho contacto con las personas y me sirvió para tener la cualidad de empatizar con quienes hablan conmigo. Me gusta hacer las rutas, conversar con todos, contar las anécdotas.

-Hábleme de los personajes de la serie. Por ejemplo, el liderazgo de Pancho y Javi era manifiesto, no así el papel difuso de Quique.
Gerardo Garrido encarnaba el papel de escudero de Javi, no sucedió que se plasmó deficientemente el papel en pantalla, es que realmente era así, tenía un rol secundario. Beatriz era la guapa del grupo, en realidad tenía 19 años cuando rodamos, era la mayor y Pilar Torres ya había tenido experiencia en la interpretación, junto a estrellas como Catherine Deneuve o Fernando Rey. Desi era su amiga que hacía de 'patito feo', pero en la vida real es hermana de Pilar. Cristina Torres le puedo asegurar que era una belleza cuando se rodó 'Verano Azul' tanto o más que su hermana, pero el papel que le correspondía era la antítesis a Bea, así que le colocaron aquel aparato en los dientes, gafas que no necesitaba... Ver a María Garralón interpretar a Julia era una delicia, porque es un ser muy humano y enormemente parecida a su personaje. Además, le encantaba venir a Nerja, no puso reparo alguno, no le hacía ascos a esa vida un poco hippy de su papel pero con la cabeza bien puesta, reflexiva, una confesora para las chicas. Antonio Ferrandis ya venía de ser una figura del cine. ¿Sabe una cosa? No había manera de que se acercara al mar. Todas las escenas que parecen estar rodadas en barco, se hicieron en la orilla, y las más lejanas no era él. Tenía pánico al agua. Era un gran actor. Y 'Piraña' era ese niño gordito que caía bien y creía saberlo todo, cuyos discursos resultaban graciosísimos. Hacíamos muchas travesuras, repetíamos diálogos equivocadamente en escenas donde comíamos helados para que nos dieran más y muchas cosas que se ven sucedieron porque se nos ocurrían sobre la marcha, como aquella paloma que hizo de las suyas sobre mi cabeza en 'No matéis mi planeta'. Mercero decidió continuar rodando por la naturalidad con la que nos lo tomamos.

-¿Y Tito? Usted no sabía ni leer...
No. Yo me aprendí los diálogos de memoria, porque por las noches mi padre me los decía una y otra vez y yo los repetía hasta que se me quedaban grabados. Los guiones de los capítulos los tenía mi padre, yo no tenía ni idea de lo que en ellos estaba escrito porque no sabía leerlos. Me levantaba por la mañana temprano y me iba a la habitación de mis padres, que aún dormían, y les decía "me voy a trabajar". Comenzábamos a rodar al amanecer.

-Hace unos años, en el Festival de Málaga, conocí a Antonio Mercero y le comenté en una entrevista que, tras los personajes de Garralón y Ferrandis, me parecía ver connotaciones no explicadas claramente, incluso ambiguas en el de la pintora y homosexuales en el caso de 'Chanquete', pero simplemente me sonrió y no quiso sacarme de la duda.
Julia venía de un trauma por la muerte de su marido e hija en un accidente de tráfico como se explica en 'La sonrisa del arcoiris'. Cierto es que no se le ve inclinación alguna en toda la serie, pero creo que su personaje está marcado por ese luctuoso suceso. En cuanto a 'Chanquete', sí resultaba extraño que no se le viera intención por alguna mujer, con un modo de vida distinto a todos, si bien en el capítulo de su fallecimiento sabemos que había tenido esposa. No veo más allá si se refiere a que en Chanquete había reflejos del propio Antonio Ferrandis, que como todo el mundo sabe, tenía inclinaciones homosexuales. Para los chicos era como el abuelo que todos quisiéramos tener.

-¿Ha cambiado Nerja en treinta y tres años? Usted es el único que se quedó aquí porque, aunque no nació en el pueblo, ha vivido en él desde casi siempre.
Ha cambiado la gente que lo visita. A principios de los ochenta era impensable el concepto de touroperadores, y hoy están a la orden del día. Por entonces había ya turismo, pero venían los mismos cada verano: las mismas familias, los rostros de siempre que se sentían a gusto en una localidad como esta, con la belleza de sus playas y calas. Comenzaron a funcionar las rutas turísticas y los visitantes ya proceden de todo el mundo, y eso se ha notado a la hora de la expansión de comercios, hoteles, oferta hostelera... Lo que siempre quisimos evitar fueron construcciones elevadas y gigantes de cemento, en eso tuvo mucho que ver Ayo y ciudadanos que consideraron que Nerja tenía que atraer al turismo pero con su particular estilo y sin perder su idiosincrasia, sin construir más de tres plantas en su casco histórico y litoral. Respecto a los escenarios de la serie, algunos se conservan casi igual y otros ya no existen o están casi abandonados. La casa de Julia, por ejemplo, se encuentra a escasos metros del Parador, pero pertenece a unos extranjeros que vienen poco y está descuidada y desde hace tiempo le han colocado vallas que impiden contemplarla. Es una pena. La casa del Mago Massip fue derruido su exterior, el interior era un decorado que se construyó en los Estudios Roma, donde hoy se encuentra Telecinco, y allí fuimos a rodar. Fue lo último que grabamos de toda la serie. Las calas de Maro conservan aún los invernaderos, los caminos, y el puerto de Nerja que aparece en la serie lógicamente no es nuestro porque en Nerja no hay muelle. Se rodó en Motril, al igual que el camino que recorremos en bicicleta en los créditos de cada episodio.

Una de las escasas fotos que hoy día pueden captarse de la casa de Julia.

-La idea original contemplaba veinte capítulos, y sin embargo, se rodaron diecinueve.
Con tan mala fortuna que era precisamente el que estaba dedicado a mi personaje. Si se fija, muchos capítulos tienen como protagonista a la pandilla: Pancho con 'Pancho Panza', Javi en 'La bofetada', Julia en 'La sonrisa del arcoiris', Bea en 'Beatriz monamour', Desi en 'El visitante'... Y el número veinte iba a llamarse 'La excursión'. Curiosamente, en él iba a participar Jorge Sanz con un cameo, pero las inclemencias del tiempo y el temor a prolongarse el rodaje en el tiempo hizo que los responsables de la serie cancelaran el rodaje del capítulo. En él había un incendio en el que yo me quedaba atrapado.

-¿Cree que funcionaría un remake de 'Verano Azul'? Hoy día solo cabrían dos posibilidades: hacer una serie con otros siete niños o un reencuentro de ustedes al estilo Kenneth Branagh y su 'Los amigos de Peter'...
Es posible. Veo más viable, al menos desde el punto de vista guionístico, que se hiciera algo con nosotros, los que protagonizamos la serie hace tres décadas, con una fórmula de reencuentro, aunque esa idea no está exenta de problemas. Habrá quien quiera y quien no entre nosotros, es lógico. No sé, hoy las cosas han cambiado como para hacer un 'Verano Azul' con siete niños. Pero todo puede estudiarse, ver las ideas que afloren.



lunes, 26 de agosto de 2013

Revilla y Cuatro

http://www.cuatro.com/_62b2b991

No entiendo el fervor que la cadena televisiva Cuatro mantiene por Miguel Ángel Revilla. Una cosa es cuidar a tus colaboradores y otra hacerle una constante campaña hacia no sabemos donde. O quizás sí, porque esta mañana ha aprovechado que el expresidente cántabro ha pregonado unas fiestas en un pueblo para apuntar claramente las posibilidades que el dirigente regionalista tendría en el caso de presentarse nada menos que a presidente del Gobierno de España. La Sexta también le ha venido dorando la píldora en años anteriores, de manera que no sé si determinados medios de una tendencia política diáfana están tratando de buscar un líder para el centro-izquierda.

Miguel Ángel Revilla tiene verborrea fácil y a veces es un poco bribón, pero en el norte hace gracia. Hoy también ha dicho -entre otras perlas- que ya en 2009 denunció "y fui el primero en toda España en hacerlo" lo que sucedía con Bárcenas. Su delirio mesiánico está fuera de toda duda tras los baños de (sus) masas que se está dando en los últimos tiempos, y cuando se le acusa de populismo barato, los medios antes citados se apresuran a poner a su servicio las herramientas necesarias para desmentirlo.

Hay que tener cuidado en tiempos de insatisfacción política. Podemos caer en el error de los mensajes de los salvapatrias.

domingo, 25 de agosto de 2013

¿Carnaval desaprovechado?


Curiosidad de anoche. Verbena de la Barriada Bazán, festival carnavalesco. Más de mil personas, con la particularidad de que a las tres de la madrugada había más gente que a las doce. Si sumamos los que entran, salen... millar y medio, sin exagerar. Algo absolutamente sorprendente. Yo estuve allí las cinco horas.


Es decir, que esta verbena de barrio ha sido, hasta este momento, el 'espectáculo del verano' en San Fernando. No soy sospechoso de 'carnavalitis', así que puedo sugerir, sin que nadie me tache de fiebre de la fiesta, que sería conveniente aprovechar el tirón del carnaval, preguntarse porqué no es trasladable algo así al desaprovechado auditorio del Parque Almirante Laulhé, instalar una barra con voluntarios para recaudar dinero destinado a los Servicios Sociales de San Fernando (nada de barras a una entidad exclusivamente), recordar aquellas noches de antaño organizadas por la FIPE, transformar la velada en el acontecimiento carnavalesco del verano en la Bahía con cinco, seis agrupaciones de peso, aprender de una asociación de vecinos como la Bazán, a la que hay que felicitar sin un solo pero, y con cuya fiesta sería perfectamente compatible esta iniciativa que en La Isla no existe a lo largo del año y no podría ser tachada de repetitiva. Para eso ya tenemos otras manifestaciones que aseguran dejan mucho dinero en la ciudad. Je.



lunes, 19 de agosto de 2013

David Remnick: "Todos tenemos nuestros rituales: el albornoz, la pipa, el cigarrillo, la taza de café… Rituales que nada tienen que ver con el periodismo"

Interesante entrevista a David Remnick, director de 'The New Yorker'. Algunas respuestas resultan sumamente reveladoras para reflexionar sobre el periodismo actual: lo que no se hizo en su día, papel-internet, de pago-gratuito...

Os la copio literalmente, extraída de la revista cultural digital Jot Down, cuyos contenidos cada vez me parecen más apasionantes:

David Remnick: «No seamos románticos: en el periodismo anterior a internet también había basura»

Publicado por
David Remnick 1

The New Yorker es un templo del buen periodismo que navega más o menos indemne por la crisis económica y de talento que asola al sector. Quizá gane menos en publicidad y en ventas pero no ha recortado un centavo en la esencia de su negocio: la calidad superlativa. Su célebre fact checker, el departamento que comprueba la veracidad y el rigor de todo lo escrito, incluidas las comillas de los entrevistados, sigue incólume y se extiende a la web. David Remnick es su director desde hace 15 años. Aunque anda más cerca de los 55 que de los 54 parece joven, apenas tiene canas, viste sin corbata. Fue periodista del The Washington Post y corresponsal en Moscú. Le tocó enterrar el comunismo. Al entrar en la revista, situada en el número cuatro de Times Square, me crucé con el nobel de literatura, Wole Sokinya, que salía de entregar algún texto o de discutir el siguiente. Son situaciones extraordinarias. Remnick tiene un despacho entre rascacielos, lleno de luz, sin boato.

Todo empezó hace semanas con un correo y una petición de entrevista. Hubo varios intercambios sin que se concretara nada. Una mañana de finales de julio, cuando ya me encontraba en Nueva York, le escribí un último mensaje a la desesperada. Respondió enseguida: «¿Puedes hoy a las 2.30 pm?». No arrancó bien la reunión. Le molestó que no le advirtiera de la presencia de un fotógrafo, pero se había estudiado mi biografía y la web de Jot Down. Le gusta tener controladas las situaciones. Tras unas fotos de urgencia, solos alrededor de una mesa y unas botellas de agua, Remnick se relajó. Nadie interrumpió durante casi 50 minutos. Sonó su teléfono móvil, pero no lo cogió.

-Todo el mundo está hablando del final del periodismo, ¿cuál es su opinión? ¿Cree que nos acercamos a ese final o es algo que solo afectará a algunas empresas del sector que van a desaparecer?

(Tras una exclamación y una sonora carcajada) Bueno, resulta casi indecente hablar con alguien que ha pasado por lo que has pasado y decir «no, el periodismo no va a desaparecer». Pero es que realmente creo que esa es la verdad. ¡Por supuesto que no va a desaparecer! El periodismo es una actividad humana muy antigua y esencial. Sin él estamos perdidos, realmente perdidos. Quizá el New York Times es imperfecto, The New Yorker es imperfecto, las principales instituciones del sector son radicalmente imperfectas, pero sin ellas estamos perdidos. ¿Por qué? Porque sin periodismo no hay presión sobre el poder; esa presión quedaría reducida a las citas electorales y en ese caso, sin periodismo, las campañas electorales serían… aún más grises de lo que son. Creo que eso es lo que se exige, lo que se nos exige a nosotros, los periodistas.
Estamos atravesando un periodo marcado por un enorme cambio tecnológico, tectónico. Como ocurre en cada cambio económico y tecnológico las consecuencias positivas vienen acompañadas de involuntarias consecuencias negativas. En algunos aspectos el periodismo actual es mejor y en otros es peor. Es evidente. Es mejor porque su distribución y el acceso a la información son inmediatos. Si quiero leer miles de cosas inmediatamente, puedo hacerlo. Es el tiempo del ahora.
Mis habilidades como periodista se han visto reforzadas por la tecnología. Cuando tú y yo éramos jóvenes y enviábamos los textos desde el terreno, era imposible hacerlo desde el lugar exacto de un terremoto en Armenia, desde Turkmenistán o desde cualquiera de los numerosos lugares en los que has estado. ¡Era imposible, impensable! Tomabas notas y regresabas a la capital, lo redactabas y… Ahora todo es… (chasquea los dedos en señal de inmediatez). No hay excusa, no existe una excusa tecnológica para no estar en todas partes. Podríamos seguir hablando sobre este tema durante horas y aburrir a todo el mundo. Lo que quiero decir es que no, no creo que estemos ante el fin del periodismo, pero evidentemente las involuntarias consecuencias del cambio son brutales.
Por ejemplo, mi carrera empezó de la mejor forma posible: fui contratado por The Washington Post cuando aún era muy joven. Fue como una bendición. Yo tenía veintipocos años, era 1981-1982, y el Washington Post era… ¡Deberías habernos visto! Era la era post-Watergate, ganábamos mucho dinero y el negocio publicitario era muy rentable. Todos querían colaborar con nosotros. Contábamos con fondos para cualquier tipo de reportaje nacional o internacional, para todo tipo de proyectos. Ahora mismo, rezo por su supervivencia. ¡Su supervivencia! Y es The Washington Post, no cualquier periódico provincial como The Sacramento Bee o The San Jose Mercury News. Es una institución esencial. Eres español. Todos conocemos la reputación internacional de El País. Haciendo un paralelismo con el ejemplo anterior, si nos planteamos que El País puede estar en peligro, ¿en qué situación quedaría España en términos de calidad informativa y de periodismo? Como he comentado anteriormente, al final todo se reduce a la necesidad de que alguien ejerza una presión sobre el poder.





-Estamos en medio de esta situación de incertidumbre, muchos la achacan a la crisis. Es evidente que hemos cometido muchos errores, especialmente al intentar comprender el funcionamiento de la información y el periodismo en internet.

Todo eso es cierto y es fácil de verlo desde el espejo retrovisor. Es fácil mirar atrás y decir «deberíamos haber hecho esto o aquello», pero si lo miras en tiempo real algunos de los llamados «errores» eran muy complicados de identificar. Por ejemplo, todo el mundo critica a The Washington Post por no haber comprado Politico.com. Podría dar mi opinión sobre Politico y su forma de informar. Pero no estamos hablando de eso. The Washington Post ya contaba con una página web y con una sección dedicada a la política en la que se hicieron importantes inversiones. No creo que comprar Politico.com hubiera resuelto el problema. Comprendo perfectamente por qué Donald Graham tomó tal decisión, aunque fuera errónea. Además, no creo que la compra hubiera solucionado la situación. Podría haber ayudado a la publicación, pero no habría solucionado completamente el problema de la crisis. Lo siento, pero ¿está Politico ganando mucho dinero? ¡No! ¿Y el Huffington Post? Tampoco. Muchas de las esas publicaciones que tienen una gran reputación y han alcanzado éxito en internet tampoco están ganando dinero.

-Continuando con el asunto de la relación entre el periodismo digital y en papel, ¿cómo podríamos convencer a la gente de que internet no es suficiente?

En este punto discrepo contigo. En mi opinión internet no es más que una herramienta, un medio de distribución. Y es un sistema radicalmente más efectivo que la distribución de lo impreso en papel.

-Pero hay gente que puede tener la impresión de estar al corriente de todo lo que pasa solo con un click.

Es que pueden: si compran productos en internet. En otras palabras, The New York Times no puede ser gratuito; no tengo problema alguno con que la gente lea The New Yorker en internet. Tengo 54 años, tú tienes 58, y puede que lo prefiramos impreso por las mismas razones por las que la gente prefiere aquello a lo que está habituado. Yo prefiero un determinado tipo de bebidas, prefiero Bob Dylan al último éxito de hip-hop, pero es así porque tengo 54 años. Eso no tiene relevancia, solo son hábitos de un ser humano corriente. Creo que podemos estar muy bien informados solo con un portátil. Pero necesitas un portátil y una tarjeta de crédito, porque todo no puede ser gratuito.

-¿Cree que el público está preparado para pagar por los contenidos que consume o llegamos tarde?

Sí. Pero solo estarán dispuestos a pagar, y aquí radica en mi opinión la clave del éxito de The New Yorker a largo plazo, si la calidad de la información, la escritura y el periodismo son claramente mejores, más precisos y más bellos que el resto de contenidos que se esparcen en internet por todas partes como el agua. Eso sí es gratuito. Es decir, si The New Yorker fuera solo un nombre y la calidad de su periodismo disminuyera, si se igualara a cualquier otro contenido que encontramos en cualquier parte, el público no pagará por ello.
Mi estrategia, en términos de moralidad, financiación y periodismo, se resume en ser mejores de lo que éramos cuando no existía lo que conocemos como internet. La idea es insistir constantemente en la búsqueda de la calidad y en hacer las cosas cada vez mejor, algo que por otra parte es muy caro. Y esperar y rezar por que la gente pague por ello. Y lo hacen.

-¿Cómo está afectando la crisis a The New Yorker?

-Bueno, no es solo una crisis. El gran cambio por el que estamos pasando es también una buena oportunidad. Anteayer, estaba en Barcelona. Conectado a internet. Pude leer The New York Times, The New Yorker, en lugar de luchar contra mi prácticamente inexistente español frente a un ejemplar de La Vanguardia, El País o cualquier otro medio. Pude leer muchas cosas. ¡Al instante! Eso es muy bueno, es increíble. También podría aprender español, pero eso es otra cuestión. Y créeme, podemos estar en desacuerdo con alguien que consulta el periódico o accede a la información a través de su teléfono, pero, discúlpame, eso es ser…Viejo. Como yo. Puede que estés acostumbrado a la taza de café, a abrir físicamente el periódico antes de leerlo por completo, pero eso está dentro del rito. Todos tenemos nuestros rituales: el albornoz, la pipa, el cigarrillo, la taza de café… Rituales que nada tienen que ver con el periodismo.

-¿Cómo defender la calidad de la información ante la avalancha actual? ¿Qué se debe hacer para mantener la calidad?

-Antes de nada, no seamos románticos: en el periodismo anterior a la era internet también había basura. Mucha basura, contenidos sensacionalistas, poco rigurosos, injustos, banales, estúpidos y complacientes. No seamos románticos y creamos que todo lo que se publicaba tenía la calidad del Watergate o de los papeles del Pentágono. O del mejor George Orwell. Sencillamente, no es cierto. De modo que no debemos caer en el absurdo de decir o pensar que todo el periodismo anterior a internet está compuesto por trabajos brillantes dentro de una edad dorada. No es cierto. En su lugar, debemos centrarnos en las posibilidades que ofrecen los avances técnicos de la herramienta, y cuáles de esas innovaciones están disponibles y son aplicables al periodismo y a su distribución. ¿Sabes?, al final, nuestro principal problema es el modelo financiero. Ese es el verdadero problema que nadie ha sido capaz de resolver hasta la fecha. Muchas publicaciones, entre las que se encuentran The New York Times y The New Yorker cuentan con un sistema de pago. El lector tiene que pagar. Y no es precisamente barato.
En mi opinión, uno de los aspectos más terribles de estos tiempos es la gran disminución de los reportajes de temas internacionales, al menos en el periodismo que se hace en Estados Unidos. Ha sido drástico, muy drástico. Lo peor es que los pocos medios que aún los tratan reciben muchas presiones. Aún recuerdo mis años en Moscú a finales de los 80. Evidentemente, la historia era grande. Ahora apenas hay nadie allá y hay menos oficinas de corresponsales. ¿Con qué frecuencia ves en la televisión norteamericana sucesos internacionales con corresponsales enviados a los países extranjeros? Salen al paso con el menor esfuerzo posible. La realidad es que cada vez son menos los corresponsales en el extranjero. Y los hay muy buenos. Gente valiente y preparada, gente que habla idiomas. Pero el espacio y la visibilidad que reciben son muy limitados. En la CNN, por ejemplo, no recibirás información del extranjero a menos que haya dos millones de manifestantes en Plaza Tahrir. Verás todo tipo de juicios e historias extrañas sobre secuestros, verás todo tipo de basura antes que un reportaje sobre la situación en un país extranjero. En todo caso sería una larga conversación y no muy agradable.





-Volviendo a The New Yorker, ¿cómo definiría la identidad de la revista?

¿Conoces la historia del viejo Louis Armstrong? Una vez le pidieron que definiera el jazz, a lo que él contestó: «¿Definir el jazz? Si tú no lo sabes, yo tampoco puedo contestarte. Solo tienes que escuchar». The New Yorker es una mezcla extraña, bella, única, de diferentes elementos. No existe, y créeme que he buscado por todas partes, nada que se asemeje a su particular combinación de humor, periodismo de investigación, ficción y crítica cultural. Esta mezcla y la elevada ambición de la publicación son únicas en el mundo angloparlante. No conozco cada país y cada idioma del mundo, pero sé que el modelo de The New Yorker ha intentado ser imitado en otras lenguas, como el ruso y el chino, siempre sin éxito. Es un animal extraño. Muy extraño. Es como una de esas criaturas que encontramos en los museos de historia natural. Solo que afortunadamente nuestro animal está vivo y goza de buena salud. Muchas veces el éxito depende de una combinación de elementos sumada a la suerte. Y por supuesto, del momento. La suerte llegó en 1925 de la mano de un hombre llamado Harold Ross, quien no era una gran figura intelectual, sino una especie de loco, o más bien, un peculiar e interesante trabajador del mundo de la prensa que tuvo una idea, que poco a poco se ha ido desarrollando y ampliando hasta convertir The New Yorker en lo que actualmente es.

-¿Cuál es la relación de la publicación impresa con su sitio web? ¿Cómo se aplica el célebre fact checker de The New Yorker en internet?

Precisamente mañana tengo una reunión por la que destinaremos una buena parte de nuestro presupuesto extra a añadir un fact checker a nuestra edición digital. En internet, las páginas web tienen que ser rápidas, reactivas, y no podemos aplicar la misma cantidad de tiempo a todos los contenidos, de modo que cada elemento, sea para la edición impresa o la digital, cuenta con un tiempo propio de composición. Tampoco podemos publicar en internet la primera cosa que se nos pase por la cabeza, porque en ese caso estaríamos minando la calidad y por tanto el proyecto en su conjunto, lo que es The New Yorker. El sitio web debe ser un punto de unión orgánico entre la revista impresa, cuyos contenidos se encuentran parcialmente en internet, y los contenidos propiamente concebidos para la versión digital. Es obvio que en un momento dado todos los contenidos se acabarán uniendo, y cada vez más lectores de la versión impresa de la revista irán adquiriéndola en su formato digital para leer en el ordenador o el iPad. Tú vives en España, ¿por qué deberías suscribirte a la edición impresa? Tardaría dos semanas en llegarte, o una si el servicio de correos funciona correctamente. Sin embargo, puedes descargarla en el iPad en el mismo momento que yo. ¡Es algo maravilloso! Y espero, sinceramente, que la experiencia en la tableta no solo sea la misma, o similar, sino que se complete con extras que mejoren el contenido. Podremos escuchar al poeta recitando su poema, podremos escuchar a los autores contestando preguntas sobre sus relatos. Las oportunidades son inmensas.
Por supuesto que comparto tus inquietudes, ¿cómo no hacerlo? Pero al mismo tiempo, no podemos olvidar el enorme potencial que se nos ofrece. Mi ansiedad no se limita únicamente a la preocupación por la complicada situación que están viviendo muchos de mis amigos, tú lo sabes bien. Lo explicaré con un ejemplo. Crecí en Nueva Jersey, justo al otro lado del río. Allí hay un diario llamado The New York Star-Ledger. Que yo recuerde, todos los alcaldes de Nueva Jersey, salvo el último, han estado en la cárcel. Cada uno de ellos. ¿Quién los envió a prisión? Normalmente, el periódico, o al menos de él partieron las investigaciones. Si ese periódico, de tirada media, desapareciera o se debilitara progresivamente hasta desaparecer, Dios no lo quiera, ¿quién va a enviar al alcalde a prisión? ¿Su asistente? ¿Su jefe de gabinete? ¿Los jueces que él nombró? ¿La policía que trabaja bajo sus instrucciones? ¿Acaso son ellos los que lo van a mandar a la cárcel si es corrupto, si es deshonesto? ¡No! Hay un millón de razones por las que el periodismo es necesario, especialmente aquel de mayor nivel. No hablo de la basura, del periodismo interesado en Kim Kardasian, ya sabes. No conozco el equivalente a Kim Kardasian en España pero supongo que tendréis los vuestros.

-En España tenemos una mina de oro.

Sí. Por supuesto.

-¿Qué revistas le gustan? ¿The Economist? ¿The Atlantic? ¿The New Republic?

Sí, todas, todas ellas.

-¿Cree que van a sobrevivir a la situación actual?

Sí, lo creo, y he reflexionado mucho sobre este tema. Mi conclusión es que si eres bueno, si te conviertes en imprescindible para tus lectores, entonces nada impedirá que triunfes. Es más que probable que en el camino se rompan muchas ilusiones, mucha gente tendrá que jubilarse antes de lo que esperaba y tendremos que afrontar todo tipo de consecuencias difíciles, desagradables y desafortunadas; nada está garantizado. Hay tantas cosas buenas en la vida que se han ido antes de lo que hubiéramos deseado…




-¿A qué hora comienza su jornada? ¿Qué es lo primero que hace al levantarse? ¿Café u ordenador? ¿Lee los periódicos?

Habitualmente me levanto a las cinco o cinco y media de la mañana y no abro el portátil, aunque reconozco que a veces tengo la tentación de consultar el correo para confirmar que no ha ocurrido nada terrible durante la noche, o quizás algo bueno. Normalmente tomo una taza de café antes de hacer algo de ejercicio. Lo aborrezco tanto que intento quitármelo de encima cuanto antes.

-¿Sigue algún programa matutino de televisión?

Nooooo. Nada de televisión.

-¿Cuántas horas trabaja al día?

No digo esto para sonar pretencioso ni para presumir, pero he dejado de contarlas. Pienso constantemente en el trabajo. Leo todo el tiempo. Para mí, el trabajo no es eso que haces en la oficina únicamente, cambio constantemente de lugar. Trabajo en la oficina. Voy a casa. Trabajo. Descanso. Después veo una película o salgo a cenar. Es así todo el tiempo.

-¿Qué tipo de películas suele ver?

Depende. Por aquí tengo por ejemplo la autobiografía de Ceaușescu y El hombre que sabía demasiado, de Alfred Hitchcock. Normalmente cojo algunas y las veo en mitad de la noche. Estas son películas intelectuales, pero también sigo la última basura de Hollywood. Fuera del trabajo, el cine es mi pasión.

-¿De dónde saca el tiempo para escribir?

Sencillamente, no escribo. En estos 15 años solo he escrito un libro, y lo redacté en un año y tres meses. Fue un proyecto ridículo llamado The Bridge, en el que básicamente escribía una especie de biografía racial de Barack Obama que termina en el momento en que se convierte en presidente. La redacté en un espacio ridículo de tiempo, teniendo en cuenta que el libro no es especialmente corto. Creo que existe en versión española.

-¿Cómo ve a Obama? ¿Está contento con su trabajo?

No es mi función estar o no contento con el trabajo de los políticos. Pero creo —teniendo en cuenta que el Congreso actual tiende más a la derecha que nunca, en especial la Cámara de Representantes, incluso más que en la época Reagan o la época Bush— que ha habido una importante mejora con respecto al anterior presidente. Enorme. Pero hay que tener siempre presente que no vivimos en un sistema parlamentario, sino en un sistema presidencial en el que todo depende de que la oposición trabaje y se comprometa con el programa del presidente, algo que no parece pasar muy a menudo.

-He escuchado hace poco tiempo, no recuerdo si en la prensa española o inglesa, que hemos pasado del «yes we can» al «yes we scan». ¿Cuál es su opinión sobre la existencia del espionaje en un contexto democrático? ¿Cree que es normal que el Gobierno escuche a sus ciudadanos sin que estos lo sepan?

Me ciño a mi papel, y mi papel como periodista es ejercer una presión sobre el poder, buscar la transparencia. Entiendo que el Gobierno quiera guardar secretos. Lo entiendo perfectamente. De hecho hay secretos que no deberían salir a la luz, aunque sé que esta no es una opinión muy popular actualmente. A menudo me encuentro en la posición de publicar cosas que el Gobierno no quiere que sean públicas, y aun así las sacamos a la luz. No es un asunto sencillo. Si toda la responsabilidad sobre los secretos y la transparencia recae en manos del Gobierno, las oportunidades de abuso son obvias.




-Tras escribir King of the world: Muhammad Ali, ¿quién sería, en su opinión, la persona sobre la que actualmente recaería el poder moral que en su día tuvo el boxeador?

A pesar de su valor, no debemos exagerar la figura de Mohamed Ali, quien no fue un pensador político. Antes que nada, era un atleta, un atleta fantástico, campeón de un deporte que ha dejado de interesar a la mayoría de la población de mi país. Yo ya no lo sigo, y de hecho antes me interesaba mucho más la figura del propio Mohamed Ali que el boxeo como deporte. La persona que actualmente más se acerca a la figura de héroe moral es, sin lugar a dudas, Nelson Mandela, un personaje mucho más complejo, del que fui un gran admirador.

-Después de Mandela, parece que no tenemos grandes figuras. ¿Quizás Aung San Suu Kyi, en Birmania?

Podría ser, pero sabes que en el momento en que entre en política su reputación caerá por los suelos. Es el precio que hay que pagar al entrar, al hacer que tu rol en la sociedad pase de lo profético a lo político.

-¿Tiene algún amigo normal?

¿Que si tengo algún amigo normal? Solo tengo amigos desequilibrados.

-Recuerdo que un antiguo director de The New York Times decía que una vez a la semana trataba de salir con gente normal, alejada del periodismo y de la política, para conocer mejor las inquietudes de la gente corriente.

Una de mis formas de desconectar de la oficina es salir y hacer algún reportaje. Hace tres semanas, la oficina estuvo cerrada una semana, por lo que en lugar de ir a la playa o a cualquier otro lugar, fui a Jordania. Allí, pasé la mayor parte del tiempo en Zaatari, un gran campo de refugiados situado en la frontera entre Jordania y Siria. Aún no he escrito el artículo, no he tenido tiempo, pero lo terminaré este fin de semana. Eso es lo que me conecta con el mundo. Y por supuesto que tengo amigos con los que salir a cenar, ¡no soy alguien tan extraño! (ríe a carcajadas).

-¿Es posible ser al mismo tiempo un buen periodista y un buen director? Muchos directores cambian al acceder al cargo, parece que piensan más en el dinero que en las personas.

Quizá, pero hay que recordar que un director es el responsable de una organización que es además un negocio. No se puede, no puedo permitirme el lujo de hacer dos reportajes al año. Si estuviese todo el día por ahí viajando por todo el mundo, no podría cumplir con mis obligaciones. Soy responsable de The New Yorker semana a semana, y también soy responsable de su futuro. No puedo autocomplacerme intentando estar en todas partes. No se puede hacer todo bien. Soy el responsable y a la gente no le importa si yo escribo un buen artículo sobre Jordania o no, esto es pura autocomplacencia. ¿Sabes a lo qué me refiero?

-Y sin embargo continúa escribiendo.

Pero no muy a menudo. He de reconocer que soy lo que podríamos decir un «escritor veloz», puede que no sea muy bueno pero escribo de manera rápida y eficaz, intentando siempre que esta actividad no interfiera en lo que supone el 95-98% de mi trabajo, que es ser el editor de una revista. Esto es lo que ocupa todo mi tiempo.

-Recuerdo un reportaje que escribió en Israel hace años. Arrancaba con usted sentado en un café con un amigo palestino. Su amigo recibió una llamada en la que le informaban de que su hija había tenido un accidente jugando al baloncesto. Al llegar al hospital se encontraron con heridos de una bomba de Hamas. El reportaje trataba sobre la inexistencia de un núcleo de entendimiento entre las dos sociedades. Sin un núcleo amplio y fuerte no es posible la paz. Intenté copiarle el esquema en un reportaje para El País.

Efectivamente, Ramón, recuerdo la historia. Una de mis obsesiones en los últimos años, quizá haya sido también la tuya y la de muchos periodistas, es la no-ficción, cómo contar una historia que respete la condición de veracidad y al mismo tiempo se construya como un relato. Es un asunto importante para el periodismo de la actualidad, ¿no crees? Muchas veces me decepciono profundamente cuando veo que algunos autores sacrifican la verdad en favor del relato, como ha hecho en alguna ocasión Ryszard Kapuscinski. Es el ejemplo más conocido. Comprendo sus extenuantes condiciones, está en Polonia, escribe sobre Polonia, y al mismo tiempo está escribiendo sobre Etiopía o el país en el que esté. Sin embargo, considero que inventa muchas cosas, relatos, personajes, escenas. Ya existe una palabra para eso: ficción. Y no es que tenga ningún problema con la ficción. Amo la ficción. Leo ficción. Pero un periodista no es un artista. La no-ficción es un arte en sí mismo y hay grandes maestros del género. Mi héroe en este sentido, como otros periodistas, es Orwell. Y no lo digo por tu país, pero Homenaje a Cataluña podría ser, en mi opinión, el libro ideal. Aunque haya elementos o detalles que se alejen de la realidad de una manera más o menos evidente, reconozco que no conozco bien la historia. Es un viejo debate en el mundo del periodismo, y parte de mi trabajo como editor radica en reforzar la distinción entre ambos enfoques.




-En el reportaje que he mencionado, la idea que al final prevalecía era que la paz entre palestinos e israelíes es imposible en la actual generación, puesto que hay muy poca gente que se coloque en el centro, en el respeto al otro. Estamos en un momento muy delicado.

Y sin embargo hace unos días han empezado las negociaciones de paz. Conozco los argumentos para el pesimismo y para el optimismo. Han pasado cosas aún más inesperadas. Cuando vivía en la Unión Soviética, al final de los años 80, nadie, nadie, habría imaginado que en 1993-1994 el Imperio rechazaría el comunismo y colapsaría. Nadie. Ni la CIA, ni el Gobierno americano. Nadie. Es la prueba de que las cosas más extrañas han sucedido. La desesperación es un pecado imperdonable. Ambos lados están plagados de radicales. Gente que se aprovecha de la desesperación de otra gente. Esto es… Esto no ayuda en absoluto.

-A veces parece que todo está revuelto: Siria, Líbano, Egipto…

¡Pero es que todo es un gran lío! Sí. Todo está revuelto. Todo el tiempo. Prácticamente en todos los rincones. Salvo en un fin de semana largo en Barcelona, en el que salgo a cenar y finjo que la vida es algo muy diferente de lo que en realidad es. Porque me alojo en un buen hotel y salgo por ahí y me lo paso bien. Pero eso no es la vida. Eso pertenece al mundo de la fantasía. Porque, ¿en cuántos países has trabajado como corresponsal?

-No lo sé… En muchos.

Y has visto cosas que, gracias a Dios, la mayoría de la gente no tiene que ver. Para mí, la peor clase de periodismo es el periodismo de predicción. Aquellos periodistas que creen conocer el futuro, que aparecen en televisión y dicen «va a pasar esto o aquello». Todo es una bazofia. Pura basura. Ningún periodista, ninguno, podría haberme dicho que en 1985 un hombre llamado Gorbachov, con una mancha en la cara, aparecería y que la ideología comunista, la Unión Soviética, desaparecería, intencionada o inintencionadamente. Este tipo de cambio, mitad democrático, mitad borrachera de éxito, que traería grandes cosas y también otras terribles. Como tampoco nadie podría haber predicho que Putin aparecería un día e instauraría una especie de… No sé ni cómo llamarlo… Autoritarismo. Lo que quiero decir es que el arte de la predicción es burdo, barato. La descripción, el análisis preciso, es un arte mucho más complicado.

-¿Cree que Vladimir Putin tiene futuro?

¿Si creo que tiene futuro? Por supuesto, lamentablemente. Porque las leyes están en sus manos. No hay un sistema que garantice la justicia, no hay un sistema de control o que ponga límites al poder, no existe el periodismo independiente, sino algunas publicaciones que solo cuentan parte de lo que en realidad ocurre. Además, están limitadas a Moscú y San Petersburgo.

-¿Qué opinión le merece la situación actual en España?

Mi opinión pertenecería al terreno de lo fantástico, pues no hablo español y solo he estado en España unas cuantas veces y durante periodos muy cortos, por lo que no soy un experto. Sería una locura por mi parte opinar.

-Pero el desbarajuste político, la España que crecía sin control y que ahora…

Eso corresponde a los expertos en el tema, y no soy uno de ellos.

-Si tuviera 25 años de nuevo, ¿cómo le gustaría que fuera su futuro?

¿Sabes, Ramón?, podría decirte que exactamente idéntico a como es. Soy consciente de que en el campo profesional he sido mucho más afortunado de lo que cualquier persona podría fantasear. Desde una edad muy temprana deseé ser periodista; cuando era un adolescente los periodistas eran los héroes de la sociedad. Crecí en una pequeña, anónima e intrascendente ciudad, y mi profesión me permitió conocer el mundo, y eso es exactamente lo que hice. Así que fui muy afortunado en dos ocasiones especialmente. En primer lugar, fui contratado en The Washington Post cuando aún era muy joven y poco después fui corresponsal en Moscú en un momento histórico importante. En segundo lugar, llegué a The New Yorker, y me siento afortunado por todo lo que he pasado aquí.Evidentemente, en otras parcelas de la vida he tenido menos suerte, pero eso no me diferencia de cualquier otra persona. Todo el mundo vive tragedias y momentos de tristeza.

-¿Qué podría decir a la gente joven que estudia periodismo y aspira a convertirse en periodista en un momento en que la profesión parece estar derrumbándose?

Mi único consejo sería: «Adelante. Si estás convencido de que es lo que quieres, de que es lo que tienes que hacer, encontrarás la manera». Sé que desde mi posición puede resultar muy fácil dar consejos, pero hay que ser conscientes de que hay oportunidades que en un primer momento pueden no parecerlo. Si fuera un joven estudiante de los años 90, al menos en Estados Unidos, cualquier editor me habría aconsejado que entrase en un periódico provincial, cualquiera, en New Hampshire, o Carolina del Norte, o en cualquier sitio en el que hubiera algo que hacer. Pero ese es el camino antiguo, obsoleto en la actualidad. Ahora el camino se encuentra en internet. Lo importante es conseguir ganarse la vida escribiendo cosas de las que después no tengas que avergonzarte, cosas que estén bien documentadas. Así, tendrás recorrida la mitad del camino hacia una vida de oportunidades. La mitad.

-¿Esa es la mejor forma de conseguir un empleo?

Es una forma. La dificultad reside en cómo vivir de esa actividad. Ese es el reto. La libertad no es la mayor preocupación de la gente en tu país o en el mío, gracias a Dios. Es una bendición no tener ese problema.

-Puede parecer que la gestión de contenidos es más fácil en las revistas; tienen más tiempo para trabajar en historias extensas y más precisas. ¿Qué puede hacer un periódico para gestionar un contenido diario y ofrecer a la vez información en profundidad?

En mi opinión, ciertos periódicos están descubriendo que en realidad son también parcialmente revistas, y alguno de los mejores diarios, como The New York Times o El País están comenzando a intercalar grandes reportajes en profundidad en medio de otras informaciones más superficiales. Es una manera de distinguirse de los demás a través de la calidad de contenidos. No digo que sea tarde para ellos, pero ciertamente han dejado correr un tiempo muy valioso. Algunos reporteros de The New York Times consagran varios meses a una sola historia y a su lado, hay otros que escriben a diario, pues cubren puestos de interés permanente como el ayuntamiento, la Casa Blanca, incluso una guerra. En cualquier caso, es evidente que los periódicos se encuentran en una posición delicada y no están pasando por sus mejores momentos.

-¿Cuáles son los elementos, las condiciones imprescindibles para un buen reportaje?

En primer lugar hay que leerlo todo, y dedicarle mucho tiempo. Esencialmente es una cuestión de tiempo. Tiempo. Y quizá, si he leído lo suficiente y he pasado el tiempo necesario en un lugar, comenzaré a saber algo de la situación que quiero comunicar. Después, cuanto más tiempo pase en el lugar, me daré cuenta de que cada vez sé menos. (Se ríe). Y es entonces cuando comienza el proceso de acumulación. Creo que la mayoría de la gente se cansa y para justo antes de este primer paso. Llegan, echan un vistazo, entrevistan a algunas personas, y sienten que lo tienen todo controlado para comenzar a escribir. Y, sea por razones de financiación, o de pereza, el proceso suele terminar en este punto. Es un proceso muy, muy costoso. Subir a los periodistas a un avión, que lleguen a su destino, alquilar el equipo, pasar el tiempo suficiente, volver a casa y pasar varias semanas escribiendo, corregir, editar, editar, editar, ¡editar! Ese es todo el proceso. Y es muy, muy caro.

Muchas gracias, David.




Fotografía: Julio Gamboa
Traducción al castellano: Carolina Camarmo

martes, 6 de agosto de 2013

Ignacio Bustamante

Ignacio era un tipo inquieto. Yo lo recuerdo en numerosos momentos, pero especialmente en la Pastora, dando vueltas, de aquí para allá, días antes del Martes Santo. Cuando ansiaba tranquilidad, se colocaba en algún hueco tras el paso de palio de María Santísima de Gracia y Esperanza, cuyo manto de cola apenas dejaba resquicio para algo. Pero él no podía alardear de tamaño precisamente, así que allí, o si éramos varios arriba en el presbiterio pero siempre en la cola de las andas de la Señora, pausaba su vertiginoso ritmo de trabajo por su Cofradía del Huerto y charlaba con algún amigo que visitaba el templo para presenciar el montaje de los pasos.

En esos ratos conversábamos respetuosamente sobre enseres, horarios de las procesiones, estrenos, y en los últimos años de renovaciones, de patrimonio humano en el mundo de las hermandades, de "lo que esto fue y ya cuesta trabajo reconocerlo" por muchas vicisitudes que están sucediendo en la Semana Santa y en el mundo cofrade. Lo hablado se queda para él y para mí, al igual que lo que con otros amigos confesara también pertenece a la intimidad de quienes tuvieron la dicha de conocerlo de cerca y granjearse su amistad.

Cuando fue hermano mayor del Huerto -yo era un niño, después un chaval- nos picábamos sanamente. Yo le decía que demostraba constantemente "tenerle envidia" a la Misericordia y me replicaba asegurando que éramos "muy pijos y estiraos", entre otras lindezas. Terminábamos riéndonos y pasando a otros temas más 'universales'. Yo defendía la capitalidad de Cádiz y su belleza e Ignacio me decía que, como San Fernando, no existía nada igual. Si coincidíamos al marchar y paseábamos desde la Pastora hasta nuestros domicilios, enfilábamos Marconi arriba o Daniel González para serpentear entre los recovecos del barrio más bello de La Isla. Y era entonces cuando yo le reconocía, le admitía sus palabras, aunque volviéramos a discutir porque para él, el Carnaval era algo que "no valía ná"  y yo le veía su arte. Y como en una de sus letras decía precisamente Tino Tovar, "así pasamos la vida, regaña que regaña tó los días...".

Hemos coincidido multitud de ocasiones en las plazas de las iglesias viendo las procesiones llegar de madrugada, y Dios seguro que nos perdonará, porque lo hemos pasado muy bien. En la recogida de la Vera+Cruz de 2011, enfilando el imponente paso crucero el último tramo de la plaza Madre Teresa de Calcuta, y después de que yo mostrara repetidas veces mi orgullo por la imagen que estábamos viendo, me dijo repentinamente, con la aviesa intensión de callarme pero a la vez, paradójicamente, buscarme la lengua: "Tu otra hermandad será muy bonita, Carlos, pero qué marcha más aburría...". Tuve que reírme y meterme con la recogida del Huerto para contraatacar, claro...

Creo que estaba con nosotros Manolo Silva, inseparables en su amistad, en su trabajo. Cuando tenía que dirigirme a las oficinas de Tesorería del Ayuntamiento de San Fernando a llevar facturas de algún tipo de mi empresa, ambos siempre mostraban su alegría, y si rápidamente me volvía para continuar con mi particular agenda de trabajo, Ignacio jamás me lo permitía. "Espera, Carlos,quédate aquí, vamos a charlar un poco...¡Manolo, ven pacá!". Llamaba a Silva que acudía a una improvisada tertulia que prolongaba los instantes hasta transformarlos en ratos. Y qué ratitos hablando de lo que nos gustaba a los tres. La última vez, hace muy pocas semanas, cuando ya le dije que tenía que marcharme porque eran las dos de la tarde y ellos también tenían que cerrar las oficinas, me comentó como si fuera un secreto, con la compenetración que te otorga la amistad duradera, heredada de familia: "Tú no te preocupes, que tu factura la pongo aquí arriba, para que te la miren pronto, que yo sé cómo está la cosa...". Casualmente, mi empresa recibió el aviso bancario del ingreso de esa factura el viernes 26 de julio, a la vez que conocíamos el triste destino de Ignacio. Miré hacia el cielo en mi despacho y pensé que había cumplido aquello que me dijo.

Hasta el final de sus días, de sus horas, fue un hombre de palabra. La misma que empleó para que su Virgen de Gracia y Esperanza fuera coronada canónicamente, la misma que no tuvo dudas en darme cuando me prometió algunos artículos sobre la figura del Beato Marcelo Spínola para el periódico 'San Fernando Cofrade'. La misma que cuando fue presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías de San Fernando me entregó como su más preciado aval cuando nos confesábamos noticias inconfesables, siendo yo coordinador del suplemento cofrade 'El Varal' en 'San Fernando Información'.

Ignacio era quien te saludaba primero y con su tono animoso cuando te cruzabas por la calle con el inseparable trío que conformaban tres personas de valía: el padre Luis Palomino, Antonio de Hombre y él. Como siempre, y tras un estridente adiós, pronunciaba mi nombre a la mitad. Yo no era José Carlos para Ignacio, sino 'Carlos'. Así había llamado a mi padre desde que se conocieron hace muchas décadas y así lo hizo conmigo. Ignacio era de aquellos cofrades del Huerto más genuino, de los de toda la vida, de los de Pepe Reyes, Silva, De Hombre, David Rodríguez, Chiqui Castro Haro, Dominico... exponentes de generaciones distintas, marcados con un inconfundible sello.

Ignacio deja un desgarro en el alma de su familia y en el de sus amigos, pero cada vez me voy haciendo más mayor y creo menos en los tópicos y en las frases hechas. Todos sabemos, imaginamos, lo que sus hijas y familiares deben estar sufriendo, no vamos a punzar más en la herida. Queda el descanso merecido de las personas buenas, la quietud de su alma y su recuerdo, lo inerte de la paz en la memoria y la necesidad imperiosa de mirar hacia adelante con la obligatoriedad, no obstante, de defender su legado y sus actos, de conservar todo lo bueno que él dejó y hacernos seguidor de sus actitudes, concediéndoles el cariño que reclaman inconscientemente sus seres queridos, que son los que ya ven transcurrir el día a día en una nueva y difícil vida. Ese es el mejor homenaje que podemos hacerle a Ignacio. Mi particular regalo se lo hago con estas letras y una fotografía del archivo particular de mi familia, fechada en 1981. Corresponde al acto celebrado en el salón de la Parroquia de la Divina Pastora en el que la comunidad parroquial despedía al padre José María Arenas Gil, entregándole una placa. En la imagen apreciamos a Ignacio Bustamante (2i) como hermano mayor de la Cofradía del Huerto, junto a Joaquín Lara (1i), por entonces hermano mayor del Ecce-Homo, José Carlos Fernández Moreno (3i), que desempeñaba el cargo de hermano mayor de Misericordia, Juan A. Brea, presidente del Consejo Parroquial, y el recordado padre Arenas.

Hasta siempre, amigo.