miércoles, 26 de septiembre de 2012

25 de septiembre

Me parece estúpido discutir determinadas circunstancias de lo sucedido ayer en Madrid ante el Congreso. No entiendo qué es lo que hacemos midiendo el grado de dureza con el que se ha empleado la policía. A ver si es que algún ingenuo cree que los antidisturbios están para participar de un debate político y social con los que, si los dejan seguir en sus objetivos, entran en la Cámara a todo trapo a partirles la cara a los diputados. "Disculpe, que en realidad el PIB no condiciona los factores por los que ustedes protestan y la subida del IVA la imponen condicionantes de la política europea,...". Como que no. El agente no conversa; da palos, que es para lo que está entrenado, se le ponga delante un perroflauta o un sindicalista de andar por casa con ganas de repetir La Bastilla,de manera que no sé qué creen iba a hacer anoche la policía. Pegar ostias, que es además para lo que cobran. En alguna que otra calle más, en una esquina menos, según les pille el cuerpo o les arrincone el personal.

Tampoco entiendo que alguien cuestione los motivos de las concentraciones de este tipo, que preconizo irán en paulatino aumento. El problema no es la forma, sino el fondo, y en este sentido, lo que está sucediendo no es que los antidisturbios peguen fuerte o flojo, sino el completo divorcio de una sociedad hastiada de un sistema. Cuando los gobernantes elegidos incumplen sus promesas o son incapaces de acometer lo que prometieron, la democracia contempla los resortes legales correspondientes para elegir otra opción de gobierno. Así funciona un mecanismo en el que, si quienes fallan son los elegidos, el pueblo tiene el derecho -y el deber- de sustituir a los inútiles a través de cada convocatoria electoral. La situación resulta realmente grave cuando el que falla es el sistema, y eso es precisamente de lo que están más convencidos los ciudadanos conforme van extrayendo conclusiones. La gente comienza a plantearse si la única democracia existente es la que le vendieron como la perfección política hace cuarenta años, si la partitocracia imperante ha venido a suplir con eficacia la dictadura padecida y si los garantes del progreso, desde la monarquía hasta las cámaras de sus representantes y los órganos judiciales, están organizados y juegan el papel que necesita una sociedad que sale a la calle contra una estructura discutida y no frente a un partido o un color de gobierno.

Tenemos un profundo problema que nadie quiere ver, especialmente los que viven de un pesebre con el que no se identifica nadie. Esos no es que no lo vean, es que miran interesadamente para otro lado, cuando ya la ciudadanía ha dejado de seguir el dedo con el que señala el tonto. La protesta se alza contra un planteamiento, una filosofía política nacida al albur de un sistema de partidos creado hace apenas varios siglos, y la gente comienza a ver más allá de las siglas de unas organizaciones que sólo se preocupan de acercarse a los ciudadanos cada cuatro años. Y enmedio de todo este caos ideológico y de civilización política occidental, dan asco los que van de piojosos por la vida, protestan en manifestaciones, ocupan edificios justificándolo con palabrería seudofilosófica, se colocan camisetas del Ché y tanto ellos como sus familias están podridos de dinero y son adictos a comprar horteradas de Tous. Dan tanta grima como los fachillas veinteañeros que se escandalizan de las protestas en la calle de gente que realmente no tiene qué comer -personas sin recursos a las que no les vale la caridad, sino la justicia social-, cuando ellos disfrutan de un plato de comida que sus papás les ponen por delante todos los días y les pagan sus matrículas para estudiar y así poder ampliar sus repugnantes conciencias de clase que lavan con falsos padrenuestros.

Foto: EFE.

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