lunes, 26 de septiembre de 2011

Dejadme en paz

Tantos años, tantas generaciones, luchando por ser libres en el único concepto que puede tener esta extraordinaria palabra, para ahora, de un tiempo acá, imperar las coacciones, prohibiciones, dictaminarnos qué tenemos que hacer gracias a decisiones inútiles y convertir el país en un compendio de reinos taifas en los que cada uno hace las leyes a la manera de las minorías cancerígenas antagónicas a la necesaria unidad para salir de un Babel hecho jirones en su economía, en su amor propio, dividido de nuevo en dos mitades: los nacionalistas centrípetos y los centrífugos, los de las fosas y los que abrieron las zanjas, los taurómacos y los ecologistas, los orantes en los colegios y los aconfesionales extremos,...

No soy aficionado a los toros, lo expliqué en mi blog hace varios años. Tampoco me gusta en demasía el whisky y no bramo reclamando su prohibición. Y eso que mata más que un estoque y también aplaudimos mucho cuando se lleva al gañote. La salvajada de la caza de los atunes en la almadraba quita las ganas de volver a Barbate, pero a todos nos gusta el morrillo en el plato, y quien prefiere el solomillo de ternera no se encadena en un barco costero reclamando no hacer daño al bicho. Moraleja: como atún o carne cuando me salga de los cojones, bebo whisky o Barceló según me apetezca y no piso las gradas de un ruedo si no van conmigo las corridas. De toros, se sobreentiende. Así que os lo ruego: dejadme en paz de una puta vez.

Volviendo a la república federal inconfesa y anárquica en lo que han convertido España: recordad que lo contrario de la fuerza siempre será la desunión. Así le luce el pelo a un país destrozado y choriceado. Tanto gilipollas suelto preocupándose de los toros de cuatro patas en lugar de los de dos...

1 comentario:

inma dijo...

Estoy totalmente de acuerdo con el post. Más claro el agua. Saludos