lunes, 6 de septiembre de 2010

Casi treinta años después




Creo que entre las dos fotos existen unos veinticinco años de diferencia. La de aquella década de los ochenta, en la que falta Juan Ramón ante la cámara porque obviamente alguien tenía que inmortalizar el momento, muestra a unos jóvenes que nos hemos reencontrado hace escasos días.

Teníamos apenas doce, trece, dieciséis años. La calle Jesús de la Misericordia era el hilo conductor de aquellas vivencias, y con ella la casa de abuela Nina, su cuarto alto y el de los padres de Kike Mengíbar, donde está tomada la foto que muestra un premeditado y maravilloso desorden: nuestros ZX Spectrum, magnetófonos mortificados por destornilladores, el bote de alcohol para los cabezales, cintas de cassette amontonadas con juegos, ensambladores y copiadores grabados, joysticks, televisores sustituidos en el salón del hogar por los modernos de la época -ay, quién intuía el plasma y los HD por aquella época- con los que nos quedábamos para conectar nuestros ordenadores, carteles galácticos en las paredes,...

Años antes habíamos tomado literalmente la casa de mi abuela, que vivía en el número 6, anexa a la de Kike, con K por licencia de quien ostenta el nombre. Allí dábamos rienda suelta a nuestros gustos de niños, influenciados por el carácter cofrade de nuestras familias, montábamos pasos de Semana Santa, procesionábamos con ellos por la calle, chorreábamos la cera por los antiguos aparadores del salón cuando sobre ellos montábamos efímeros altares y bailábamos sevillanas -lo intentábamos- en la habitación de la azotea de Jesús de la Misericordia 6 en la caseta de feria que montábamos en julio, donde un vaso de fanta costaba diez pesetas y una rodaja de pan Bimbo con foiegras no llegaba a cinco duros. Los gastos eran para hacer otras fiestas, pagar las flores de los pasos cuando llegara Semana Santa, encalar el propio cuarto o pintar los zócalos de las paredes de verde primavera, a juego con la añeja barandilla de madera que enlazaba con el inicio de los peldaños de un patio cuajado de geranios, flores de jarro y caliches caídos en invierno.

Si zapateábamos con firmeza en el suelo de aquella 'caseta' de niños camino de la adolescencia era cuestión de segundos que mi santa abuela apareciera por el cuadrilátero del patinillo, alzara la vista y nos reclamara para que dejáramos el jaleo porque en la cocina comenzaba a llover arenilla de entre las vigas. Además, teníamos unas vecinas que las veíamos como brujas de los cuentos con ancianas malvadas que en realidad eran las dueñas de la finca donde abuela Nina vivía alquilada desde hacía cincuenta años y el lema era cualquier cosa menos molestarlas. En realidad, la máxima de Catalina Moreno Romero era sufrir y sacrificar todo por no turbar a nadie, poner su casa a disposición de aquella pandilla de más de un docena de niños que los sábados nos reuníamos en su cuarto alto. Ella era feliz contemplando vida en su hogar y nosotros se la dábamos. Tardes enteras, noches incluso con su madrugada, la madre de Kike tenía que llamar a aquel timbre de palometa como un antiguo reloj al que darle cuerda para recoger a su hijo a la una, dos de la madrugada. La misma que poco tiempo después nos hacía cola-cao en su casa y colocaba con cariño unas galletas en un plato marrón acharolado y transparente para que merendáramos cuando sustituimos los juegos infantiles en casa de abuela Nina por los Spectrum. La otra noche, conversando con Kike, no pude seguir el relato de aquellos platos de galletas porque me empezó a doler la tráquea como cuando una obra maestra cinematográfica nos envuelve en lágrimas calladas. "Mis padres han hecho reformas en la casa, pero desde una parte de arriba creo que aún se ve la escalera que partía de la azotea de tu abuela...", me apostillaba. Uf. Cuánto dolor por el pasado, cuánta añoranza, cuánto cariño por aquellos años...

Serían las cinco de la madrugada, tras una opípara cena y muchas copas rememorando momentos ("cerrando bares" que dice Juan Ramón) cuando la otra noche quise sorprender a mis dos amigos con la guinda al pastel de los recuerdos, al primer pastel de la larga lista de los que nos hemos propuesto saborear desde ahora, una vez que se ha producido el reencuentro tras años ocupados en organizar nuestras vidas, ganarnos el sustento, soportar los envites del día a día. Nos marchamos a un edificio de la calle Méndez Núñez donde durante años vivieron mi tía Adelaida y mi prima. Allí, en la pared, aún se conservan nuestras frases escritas con lápiz, nuestras firmas, dibujos, la hora y el día: 27 de junio de 1983. Teníamos 14 años. Cuánta gente compartirá seguramente ahora momentos y circunstancias de nuestras vidas que no habían ni siquiera nacido en esa fecha... Los casi treinta años que han transcurrido no han logrado borrar las inocentes firmas y saludos escritos en ese muro. Fue un momento muy emotivo porque ni Kike ni Juan Ramón recordaban aquello. Precisamente este último, que es un maestro en el arte de hacer fotografías, quedó tan impactado que regresó al día siguiente con su equipo para recoger con su Canon la pared garabateada y enviarnos la fotografía.

No me agrada la gente aduladora con los amigos. La vida te abre los ojos cuando de valorar el concepto amistad se trata, pero de eso te percatas con la edad, no cuando aún queda mucho camino por recorrer. Pero ahora lo hago de corazón, de verdad. En este momento toca porque el reencuentro con estas dos personas no ha sido tal, ya que durante estas décadas -nada menos- siempre estuvieron presentes en mi vida. No ha habido ocasión que escuchara una canción de Alan Parsons, Pink Floyd o la ELO y no me haya acordado de ellos. Y los escucho mucho. Conservo con cariño papeles, documentos de aquellos años desperdigados en casa de mi abuela -hemos quedado para volver a verlos-, un compendio de sentimientos y objetos que no deben usarse para dar golpes de pecho, sino para custodiarlos y que vuelvan a ver la luz en el momento adecuado: el reencuentro de un encuentro que nunca dejó de ser eterno.

10 comentarios:

Yona dijo...

Dios te conserve por siempre esa amistad...Esa amistad que, en muchos momentos de mi vida, añoro y que quizás nunca tuve. Seguramente habrás visto el clásico de los 80 "Stand By Me", basada en una novela de Stephen King. Finaliza con una frase demoledora : "Amigos...¿alguien los tiene?

Un abrazo

JOSÉ CARLOS FDEZ. MOSCOSO dijo...

Te recomiendo 'Cuatro amigos', de David Trueba. Si alguna vez lo lees o quizás ya lo has leído, cuéntame qué te parece. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Gracias SEÑORES: Ustedes fueron parte de mi infancia.

forever SIRIO

pepe verdugo dijo...

"...cambio en el Cádiz. Se retira Mágico y entra Joé Carlos..." Yo también estuve allí hasta las cinco de la mañana y me llevé las llaves de los bares que fuísteis cerrando para volver a abrirlos cuando quieras.

Besos y risas, "Mágico Fernández"...... Besos y risas

JOSÉ CARLOS FDEZ. MOSCOSO dijo...

Qué semanas de emociones llevo... Qué alegría encontrarte, Pepe. Tráete las llaves para ir abriendo esos bares de uno en uno y rememorar tantos momentos 'de hermandad' de verdad. Un abrazo, amigo.

Kike dijo...

Buenas.

Soy Kike, el del centro de la foto :-) magnífico artículo Jose Carlos, me he vuelto a emocionar al leerlo. Le voy a sacar una copia para que lo lean mis padres en San Fernando.

Espero que recuperemos la vieja amistad, ya hemos dado el primer paso. Ahora que ya tenemos cierta edad (que no aparentamos) todos volvemos la vista atrás y una cosa está clara, las amistades que se hacen en la infancia, son especiales y hay que hacer lo posible por conservarlas.

Un abrazo!

JOSÉ CARLOS FDEZ. MOSCOSO dijo...

Buenas. Soy José Carlos, el de la derecha de la foto ;-)
Un fortísimo abrazo a tu padre y un beso a tu madre, Kike. Me alegro de que te hayan gustado mis palabras salidas del corazón. Estamos en contacto, ya cuando estés 'asentado' nuevamente por San Fernando como nos comentaste, para continuar los pasos que se merece nuestra amistad. Cualquier cosa tienes mi teléfono y correo, no dudes en llamarme para lo que necesites. Un abrazo hasta que nos veamos pronto, amigo mío.

Anónimo dijo...

Hola, no os conozco, pero me ha sorprendido ver que nombras a un tal Kike Menjíbar... y es que yo me llamo así. Soy de Triana (Sevilla).

Me gustaria conocer a mi tocayo de nombre y apellido.

estoy en facebook como Kike Menjíbar, me podeis encontrar.

Mi famila es de San Fernando (Cadiz)

Kike Menjíbar dijo...

Hola.

Me gustaria conocer a este amigo tuyo que se llama como yo. He leido su nombre "Kike Mengibar" y he visto que también es de San Fernando.

Mi familia, por parte de padre, también es de San Fernando.

Me gustaria saber si somos famila, que es lo más probable.

Allí tengo famila por parte de "de la Cruz" (Sara de la Cruz es mi prima). Y por parte de los Mengíbar (Milagros Menjíbar y Memen Menjíbar son mi tia y prima, respectivamente).

Y me alegro una barbaridad de que esas amistades sigan aun vivas....

JOSÉ CARLOS FDEZ. MOSCOSO dijo...

Publicado queda, Kike de Triana. Seguramente lo verá el otro Kike o le haré llegar el aviso. Un saludo y gracias.