viernes, 7 de mayo de 2010

Locos sueltos

Recuerdo a Paco Ibáñez dibujando sus viñetas con los personajes de Mortadelo y Filemón entre otros. Cuando alguno de ellos desvariaba en sus palabras reflejadas en los típicos bocadillos, el coprotagonista de la historieta lo miraba extrañado y, sobre su cabeza, Ibáñez dibujaba una gran exclamación o un esbozo de Napoleón caricaturizado. Con ello quería decir que al personaje que 'hablaba' en ese momento se le había ido la cabeza. Se había vuelto loco.

¿Qué es un loco, dejando a un lado el concepto médico del término? Ibáñez lo simplificaba en Napoleón, pero es obvio que los que deliran no llevan un ros militar en la cabeza ni tienen la mano metida en una guerrera a la altura del estómago. Los locos proliferan y parecen personas normales, os lo aseguro.

Hace años que los/as desequilibrados/as me producen sumo interés porque el estudio de sus comportamientos, lejos de indignarme, me aportan mucho para analizar al ser humano. Teniéndolos de lejos, claro está, y a veces cerca para profundizar en los conocimientos. Son individuos admirables porque logran camuflarse entre la gente normal, como uno más, y sólo al cabo del tiempo diagnosticas su locura sin temor a equivocarte. Claro está que el loco es un personaje peculiar, pero no por ser peculiar se está majara. Hay seres humanos con rarezas, como yo: me encierro en el aseo aun viviendo solo, no abro la puerta de mi casa jamás aunque quemen el timbre, aborrezco la fealdad -hoy día abunda en la gente y en las cosas-, me gusta la música de Bernard Herrmann,... Pero no creo que esas peculiaridades puedan utilizarse contra mí para calificarme de ido despectivamente. Otros defecan delante de sus hermanos con la puerta del wc abierta, escuchan a Camela o tienen la puerta de su casa abierta de par en par todo el santo día. Y nadie los llama locos.

El loco tiene un principal problema interior: se cree sus patrañas. Hay locos sensibles, angelitos míos, tanto que se inventan lo que dicen, se autocompadecen por alguna que otra carajotada que les ocurre y piensan a pie juntillas que sus delirios son ciertos. Algunos lo hacen público, que hoy día la indiscreción está a la orden del día en esto de internet, y te venden una moto cuyo carburador está averiado casi de nacimiento, aunque eso sí: te percatas de ello al cabo del tiempo.

El loco en ocasiones se enorgullece de serlo al creer que su desvarío es un estado emocional particular del que pavonearse por ser distinto al vulgo. Los palmeros de los locos le ríen las gracias y el loco entonces se envalentona. El loco parece tener una línea fija y recta de actuación, pero nos la da con queso en todos los aspectos, oiga. Hoy piensa una cosa y enaltece algo, mañana pasa página y le da por otra. Y así sucesivamente, creyéndose sus amoríos con lo divino y lo humano. En un buen porcentaje de casos es un liante y jode grupos humanos o relaciones. Si no lo pillas a tiempo, zas: ya ha enrollado la cosa de tal manera que no tiene solución.

El loco, ufano de gloria, necesita tener gente alrededor de su pelaje para desarrollar su desequilibrio. Como buen loco, a veces le puede la irascibilidad y la lía en público para pedir perdón a los diez minutos o hacer como el que ignora a los cuerdos. El loco además suele tener problemas en el seno familiar porque su familia está también tocada de la mollera y suceden cosas que, concatenadas con el objetivo de realizar un somero estudio, sirven para llegar a la conclusión de lo congénito de su quijotismo.

Hay locos pánfilos que salen detrás de los pasos, esos no hacen daño. Hay locos catetos y de golpes de pecho que salen delante de ellos y que no sirven ni para hacer puñetas por mucho que saquen el pescuezo para salir en la foto o autoengañarse con lágrimas. Porque el loco se autoengaña, recordemos lo dicho. Esa es su mayor desgracia.

Hay tanto loco suelto que voy a volverme uno más de ellos, así que confieso que yo me vuelvo loco... cada vez que compruebo que el tiempo los pone en su sitio. Mientras los mantengo tan a raya que es como si no existieran. Menos cuando me da por estudiarlos. Tan apasionantes, tan atormentados, tan divertidos... tan patéticos.

2 comentarios:

Javi Osorio dijo...

Me alegra encontrate dentro del laberinto virtual de Internet.

Un abrazo!

José Carlos Fernández dijo...

Un saludo, Javi. Espero que la vida te trate bien. Nos leeremos...