jueves, 18 de junio de 2009

Incongruentes

La incongruencia es uno de los males del mundo actual. La incongruencia carece de sentido tanto como el paso de peatones de la fotografía. La señalización horizontal te permite cruzar, la vertical también, pero una valla metálica te impide hacerlo. Está dispuesta justamente donde se inicia el paso peatonal. ¿Sentido? Ninguno.

La incongruencia aparece por inutilidad, pero también por borreguismo, insolidaridad o cobardía. La planificación del paso de cebra está hecha por un inútil. Los golpes de pecho como religión y las palabras públicas proclamando caridad y pan para el que no tiene en una brillante y vacía soflama cuando después se mira hacia otro lado también es ejemplo de incongruencia por insolidaridad. Los pelotas que en corrillo defienden el corporativismo laboral pero le limpian las suelas de los zapatos a sus jefes y les llevan las novedades son incongruentes y cobardes, grotescos como los personajes disneyanos que acompañan al malvado de turno. Los abrazos, aunque sean escritos en papel incluso mojado con la excusa del formalismo o de la cotidianeidad, hacia personas que hacen daño a los que te rodean, a los que quieres, que les mueve el odio, son abrazos incongruentes y propios de personas pobres de espíritu y de decisión. Las mesas y manteles compartidos con quienes no tienen la más mínima ética y moral sólo revelan que quienes participan del banquete son iguales a aquellos o incongruentes.

La incongruencia hace a los hombres mediocres aunque ellos no lo sepan. Las manos ofrecidas a quienes no la merecen, desde la amistad hasta el contrato mercantil, pasando por el acuerdo verbal, incluso el simple hecho de participar de sus migajas en minúsculas proporciones, consolida la inmoralidad del sinverguenza y la hace fuerte para continuar practicándola. Al incongruente lo posiciona en la incongruencia y en su bajeza moral, en su pobreza de espíritu.

Regresas cansado de un día de actos sociales en el que has sido invitado a ofrecer una conferencia sobre los malos tratos y exponer la necesidad de estrechar el cerco sobre el maltratador. Tras abrumadores aplausos, recibir una placa como regalo y una copiosa cena, llegas a casa y escuchas al vecino gritar a su mujer. Tras cinco minutos, ya sólo se oye un débil sollozo. A la mañana siguiente te cruzas en el ascensor con la señora y le adivinas un fuerte moratón en un ojo. Giras la cabeza, contemplas con nerviosismo la descendente e interminable escalada de los números de cada piso y los caminos se separan tras la puerta de entrada mientras mascullas un formal y huidizo saludo de despedida. Esa persona es incongruente por insolidaridad. Si la chica a la que le pega el sujeto es muy allegada, incluso familiar, y el agresor tiene poder en algún tipo de faceta, esa persona es incongruente por cobardía y carece de ética y moral. En cualquiera de los casos, ofrecerle a la agredida un vaso de agua a su regreso en el hueco de la escalera, cuando no aparece nadie, en un gesto para acallar nuestra conciencia, no sólo es de incongruentes por insolidaridad y por cobardía. Es un acto de humillación y una provocación.

Ay, si no fuéramos incongruentes. No ser incongruente no significa tener dotes para el quijotismo, salvar al mundo ni convertirse en Mahatma Gandhi. No sé realmente lo que significa. Yo sólo tengo claro, muy claro, lo que es ser incongruente…

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