martes, 14 de abril de 2009

Gracia gaditana versus burradas

Como nada ni nadie puede ser perfecto a excepción de la Macarena, el Señor de la Misericordia de San Fernando y el jamón serrano, la guasa gaditana también tiene su parte de desesperación. El cachondeo y la agudeza chistosa que lleva a gala legítimamente el gaditano nos sirve para desentumecernos de tanto panorama gris. Son señas de identidad trasladables en ocasiones a otras localizaciones andaluzas. Sólo así se entiende que hace un par de años me topara con un pilote de cemento en el suelo de cierta calle sevillana en plena Semana Santa y un chaval me dijera "ten cuidao, mi arma, que al suelo le ha salío un burto", lo que me hizo descojonarme y que me mandaran a callar delante del paso de palio de Los Estudiantes. En el caso de Cádiz, pues ya véis la fotografía de hoy. Siempre hay que ir presto a empuñar la cámara fotográfica o al menos utilizar el móvil para recoger cosas como la trasera de este ciclomotor, en la que su conductor no sólo nos invita a degustar cierta parte de su cuerpo, sino que nos lo ordena imperativamente. Me dan arcadas de imaginármelo, pero me parto de la risa con la ocurrencia de que le comamos su miembro viril al dueño de la moto, lo escriba además en el culo del vehículo y se quede tan pancho.

Todo esto tiene gracia. Otros lópez son las burradas que se escuchan cuando uno se viste de nazareno y lleva la cara oculta. El Jueves Santo no estaba yo como para permanecer pendiente del personal de la acera, pero alguna pillé. Como aquella individua hablando por teléfono que llegó a decir que "no sé qué paso es, pero estoy en la calle Ancha, vente pacá. Creo que es la Borriquita". Es decir, a las puertas de que a Cristo lo terminen de rematar, las túnicas negras, Jueves Santo y ella dice creer que mi paso lleva un pollino con alegres moscas vespertinas. Bien.

Veinticuatro horas después ya me relajo más. Anónimamente, en las filas del Santo Entierro con mi túnica de ruán y cirio a escasos metros de María Santísima del Mayor Dolor en Su Soledad, soporto como puedo a mocosos que piden cera hasta la desesperación...cuando los cirios están apagados por un jodido viento que me hizo pasar más frío que en la comunión del Yeti. Te das la vuelta hacia el centro de la calle en señal de recogimiento y penitencia personal y el niño te tira del antifaz, del fajín de esparto, de la manga, te da un pisotón y trata de apoderarse del cirio mientras berrea "¿Me da cera?". Me entra complejo de Pat Morita en Karate Kid con aquello de "Dar cera-pulir cera". Mientras tanto, los padres, felices por quitarse de su lado unos minutos a los niños coñazos, comen pipas de girasol y ríen, inconscientes de la relevancia de la jornada que en muchas otras poblaciones se vive con fervor y silencio en la vía pública. Queda tanto por aprender en San Fernando...

Pero vayamos al monstruario oral. Entre otras perlas sufridas en estas jornadas sacras, la frase del Viernes Santo fue la mejor de la Semana Santa. Les juro por Edison que es real. En una de las paradas en plena calle Real, me toca al lado un grupo cuyo cabeza de familia -de no más de 40 años y no menos de 35- sentencia con una máxima pontifical: "Míralos, si es que no pueden encender las velas. Digo yo que, con los adelantos que hay, ¿qué trabajo les costará ponerle una batería al cirio? Le pone una pila dentro y una bombilla arriba y ya está, los penitentes y la procesión iluminá, seguro que les iba hasta a costar menos trabajo y dinero...". Y se quedó tan pancho y orgulloso ante el asentimiento de su prole. País, que diría Forges...

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