martes, 17 de febrero de 2009

El frío, o el robo, nos cuesta caro

Yo no soporto el frío. Me pone aún más antipático de lo que soy. A quien le guste el invierno con su lluvia, su viento cortante y la nieve, que se vaya a Cuenca y alquile seis meses una casa perdida entre montañas. No es sólo cuestión de gustos sino de determinismo geográfico, y en una zona como la Bahía de Cádiz no vienen a cuento estas inclemencias meteorológicas. Los cuerpos se estropean, que dicen las marujas en una frase muy sabia y aplicable a la hora de señalar cómo afecta la adversidad del clima en las personas no acostumbradas a aguantar estoicamente un invierno como el que estamos padeciendo.

Resulta que ahora no sólo se ve pelado el cuerpo, sino el bolsillo. Llegan las facturas de Endesa y con ellas la polémica. ¿Que yo viviendo solo en un dúplex tengo que pagar 99,97 euros de factura de la luz y aún soy de los de bombona de butano?

Aquí pueden suceder varias cosas. Una, que yo haya abusado del calefactor de mano en estos dos meses previos. No más que lo hice en noviembre, pero ahora pago el doble. Debe ser que la maquinita de aire ha multiplicado sus resistencias por dentro y aquello se pone como una feria. Otra, que Endesa me esté timando. Me preocupa menos esta segunda, en serio. Porque eso lo voy a comprobar en pocas horas. Y si es así...

Yo duermo con la puerta y la ventana cerradas a cal y canto, manta, edredón, sábanas de franela, pijama con camiseta interior, dos pares de calcetines que me impiden mover los dedos en el ejercicio inconsciente que todos practicamos alguna vez por la noche, y en estos meses durante un par de horas el calefactor encendido. Un día de estos amanezco achicharrado, pero si no lo hago así, no puedo dormir (lo poco que lo hago, con lo que me gusta) porque se me hiela la nariz en un punto kilométrico indeterminado. Pero dudo que todo eso me haya supuesto haber gastado casi cien euros. ¿Cuánto pagará entonces una familia? Porque que yo sepa, cuando no estoy en mi casa, mi gato no enciende las luces. Ni siquiera ve la tele. Duerme y come casi siempre y una vez, hace algo más de un año, tuvo más sed de lo habitual y abrió el grifo de la cocina a base de cabezazos en el brazo de mano. Llegó agua hasta filtrarse a los garajes, y sus usuarios pueden corroborarlo. Pero encender la luz, el minino aún no ha llegado a hacerlo. Y si lo hiciera, todas mis bombillas son de bajo consumo.

El día que me encuentre al gato comiendo un tubo de Pringles en el sofá viendo una semifinal del Falla con efecto retardado (el mismo que padecen los que deciden emitirlo así en 'la nuestra') echando 'pabajo las papas' con un barceló cola, entonces montaré un circo o una atracción de feria, al estilo de aquella en la que se pregonaba "Entren a ver el Monstruo del Kilimanjaro", que no dejaba de ser una tía de edad indeterminada con un disfraz de extraño arácnido por cuyo paupérrimo espectáculo pagábamos 50 pesetas de las de los años ochenta para circular por una pasarela mientras la contemplábamos abajo. Otro robo, por cierto. Y ya van dos hoy.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Picha, no te pones tú cosas pa dormir. Como pa darte un apretón sexual... cuando te hayas quitado to lo que lleva ya no vale pa ná.

Por cierto, Indiana Jones al lado de tu gato es un gualtrapa.... abrió el grifo a cabezazo porque tenía sed... con dos cojones...
No lo dejes cerca del ordenador que te interconecta con la Nasa... o con Isidoro, el gato más viñero.