martes, 2 de diciembre de 2008

Los locos andan sueltos

Mi admirado Francisco Ibáñez hacía las delicias de mi infancia -y juventud- con sus ocurrencias en los tebeos -cómics es un término que reservo para la Marvel y similares- que protagonizaban Mortadelo y Filemón con su elenco de extraordinarios secundarios. Cuando Ibáñez quería trasladarnos la reflexión de uno de sus personajes, dibujaba determinados elementos en los bocadillos. Culebras y letras del alfabeto chino como insultos, interrogaciones cuando el protagonista dudaba, y en el caso de que alguno de ellos pensaba que el otro personaje de la historia tenía cierto desajuste de tornillos, esbozaba una miniatura de Napoleón con gorro, abrigo largo -todo lo extenso que podía ser el emperador galo- y una mano en su interior a la altura del estómago.

Resulta obvio que los locos no van así vestidos por la calle ni son tan identificables. Ni los locos, ni los trepas, ni los hijos de puta. Si fuera así, los veríamos venir y los mantendríamos lejos de nuestro entorno. Todos nos hemos encontrado con personas aparentemente normales hasta comprobar que determinadas actitudes las definen finalmente como perfectísimos ejemplos de seres despreciable. Porque hasta para ser hijo de puta hay que saber, lo mismo que mafioso o ladrón a gran escala. Si Julián Muñoz hubiera sido listo y no se hubiera encoñado transformando a la Pantoja en toda una femme fatale marbellí, Roca estaría aún hoy coleccionando pieles naturales en su mansión y escondiendo billetes bajo las alfombras. Hasta para ser chorizo hay que valer, pero el antiguo camarero se obnubiló con no sabemos bien qué tipo de atractivo pantojil y a la Zaldívar no le iba eso de un trío para repartir bolsas de dinero. Y todo eso acompañado de la micción en el Rocío, los numeritos ante la prensa, la boca llena de decir bobadas,... Muñoz no daba el perfil de gran mafioso, adecuado para proteger aquella red costasoleña de mangantes de nivel.

Pues eso, que me lío cual persiana. Que la gentuza no va vestida de tal. Así que cuidado en quien confiamos parte de nuestras ilusiones, pretensiones, pensamientos, que la mala gente, la gentuza, está a la vuelta de la esquina. Y los vendidos.

Ala, venga, a inflamarse pensando que va por ti. Y por el otro. Y por el rebañito completo. Qué obsesión con este blog, coño, como si yo fuera alguien importante por escribir dos torpes líneas en internet, qué pesados con usar en todos los ámbitos posibles y en mi contra mis reflexiones. Para que os enteréis, yo escribo lo que me sale del carajo. Lo hacía antes y lo hago ahora. Y si jode, pues entonces a alguien le va a dar un infarto en un futuro, en unas cuantas semanas. A mí no, porque cuando las cosas las miras ya por encima porque tienes tus metas mucho más allá que en un boquete que huele a muerto desde hace tiempo, te diviertes muchísimo, aunque no tanto como un colega que se alegra cada mañana desayunando y nada más llegar a la cafetería pide determinado periódico para descojonarse vivo con sus titulares. Me manda un sms diariamente para darme el parte. Mensajes que no amenazan, claro, que no insultan, obvio,... estos últimos no los contesto porque, ante los maleducados, nada mejor que el sublime poder de la indiferencia. La misma que prometo poner en práctica ya del todo en pocos días cuando me dejen en paz. A ver si es que alguien va a pensar que soy como Ben Hur, que el odio me mantiene vivo hasta saber dónde están mi madre y mi hermana, en este caso hasta ver a algunos hundidos en la miseria. A mí como si se tiran por los bloques, palabrita del Niño Jesús, estas líneas sólo son desfogue divertido para el descojone entre los colegas que quedamos los sábados por la noche. De verdad, que yo estoy loco, ome, de abrigo y sombrero...

Ah, que sí. Que esto es lo que hay. Que en mi blog mando yo. Y escribo lo que me sale de la churra. Y corred, que lleváis varios días sin espiarme, que me lo dice el chivato de google. ¿Espiar es sinónimo de curiosidad o miedo?

Por cierto, ¿qué publicación ha sido condenada por un juez, junto con su director, a pagar nada menos que 4.000 euros por sacar fotos de menores sin el consentimiento paterno? ¿O es que también los menores escribían en un blog? País, que diría Forges...

La viñeta de hoy no es, obviamente, de Ibáñez ni de Forges. Pero me hace gracia, me ha gustado, y como no soy un testigo de fiar, pues la reproduzco. Para partirme de risa viéndola. ¿Puedo reír o es competencia desleal?

Ala, que os vayan dando y hasta siempre.

Pd: Me comenta un buen amigo y periodista la satisfacción que experimentó cuando leyó lo que escribí hace algunos días sobre El Mirador de San Fernando y lo que hicieron con Fernando Miranda. Dice que tengo dos cojones. No, hombre no, insisto. Sólo es que estoy loco. Pero duermo por las noches con mi conciencia muy tranquila, la que me dicta mi ética humana y mi moral religiosa. Ah, y sí: sin ti y sin él, el periodismo jamás hubiera sido igual en San Fernando. Así es la vida. Nos enseña... a reír. Y quien ríe último...

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ja ja ja

Fdo: el que va a la cafetería y pide con vivacidad lo que sabemos antes que el desayuno.