lunes, 20 de octubre de 2008

Procesiones devaluadas

Caer en la persistente reiteración de sacar procesiones a la calle devalúa las imágenes y el sentido evangélico que poseen. No son palabras mías, aunque las comparta en su integridad, sino de un director espiritual, un sacerdote nada sospechoso de generar enfrentamientos con las hermandades, dichas hace varias semanas en una mesa durante la celebración de una reunión de una Junta de Gobierno de una cofradía de San Fernando.

He llegado a pensar que existe cierta parte del clero que alienta la proliferación de salidas extraordinarias e inventos para sacar a los titulares de las hermandades a las calles, a la primera de una conmemoración de andar por casa, por el mero hecho de tenernos entretenidos con zarandajas coloristas y así evitar que los cofrades podamos llamar a la conciencia de la Iglesia e incomodarla a la hora de exigir justicia social para los desempleados de cada barrio, de adecuar nuestras creencias y actitudes a los tiempos que corren; en definitiva, a estar cerca del pueblo cristiano, más necesitado que nunca de quien lo defienda con todos los argumentos posibles ante la carencia de trabajo, de dinero para pagar la hipoteca, de libros de texto para los hijos, de especuladores inmobiliarios, de empresarios explotadores,... Al fin y al cabo, no existe institución en el seno de la Iglesia más popular y cercana a los creyentes que las hermandades en el ámbito de determinadas comunidades autónomas como Andalucía, paradójicamente de las más pobres de España.

No encuentro otra explicación a la peligrosa permisividad de la jerarquía eclesiástica ante tanta solicitud de procesiones repartidas durante todo el año. Me dicen los que prefieren una llana lectura del asunto que "los templos están vacíos y se agarran a lo que saben que les trae gente, es decir, a las cofradías, y lo que pidan", pero me resisto a pensar que semejante planteamiento pueda ser cierto.

No sólo los sacerdotes y los obispos se deben de estar dando cuenta de lo que sucede y aparentemente no intervienen, sino que los cofrades sobre los que realmente se sustentan las hermandades -personas cabales que han dedicado décadas de su vida a esta devoción -que no afición-, cargos anónimos de Juntas de Gobierno, jóvenes sólidamente formados en las antiguas Juntas Auxiliares,...- tienen que comenzar a reclamar la necesaria cordura que acabe con tanto aficionado en la calle sacando pasos, tanto utilizador de imágenes para refregar por las narices de sus teóricos hermanos en la fe la calidad de unos bordados, tanto histriónico gritón y amanerado formando bullas delante de los pasos, tanto rapsoda cursi y barato de estrados saturados, tanto rebotado de hermandades que les dan por fundar otras o emplear alguna imagen semiolvidada en una esquina para ensombrecer a su antigua cofradía y tanto niño jugando a cargador.

La pertinaz existencia de procesiones en la calle está convirtiendo lo que era una manifestación de fe en un rosario continuado de cortejos más o menos acertados en cuanto a estética floral, disposición de atributos, trajes de comercios caros sobre los que lucen medallas y manos que sujetan pértigas de refinada orfebrería repujada, bandas de afinados instrumentos, hasta formar un conjunto de cierta armonía -en algunos casos, no obstante, auténticos mamarrachos- absolutamente vacuos y cuyo sentido religioso y evangélico brilla por su ausencia.

El fenómeno del aficionado a las procesiones ha contagiado a un buen sector de la juventud cofrade que, lejos de evitar polemizar en foros de acceso público para no contribuir aún más al desgaste de las hermandades que sus oponentes ajenos se encargaron de comenzar, azuzan las descalificaciones personales, llegan a evitarse el saludo por un quítame allá una vela de un color, una túnica de un bordado en una esquina, un cargo o un asunto personal escondido y sazonado con la envidia y el rencor. Los jóvenes cofrades, en un porcentaje que comienza a ser muy preocupante, discuten hasta extremos más propios de fanáticos sectarios sobre cómo cargar un paso, se afanan en encontrar un hueco bajo unas andas antes que repartir alimentos un sábado por la mañana entre los necesitados del barrio y entregarles una estampa de su titular a una familia modesta, pugnan hasta el insulto y la agresión física por defender otra coronación canónica en la ciudad y les surgen peregrinas ideas de encargar nuevas imágenes, incluso apócrifas, para sacar en procesión en la fecha que quede libre entre tanta saturación. Todo ello con el aliento de los que no son tan jóvenes, máximos responsables de este desmadre, que han fracasado en su orientación cristiana cofrade hacia los que teóricamente deben ser el futuro de las corporaciones nazarenas.

Tenemos grandes bordados, nuevos pasos, floristas delicados, primorosos tocados de malla, procesiones magnas cual pasarela Cibeles para próximas fechas, venta patrimonial de cara al turismo de tanto oropel desbocado,... Todo ello, abocado al mayor de los fracasos ante la absoluta carencia de un significado que queda en un anecdótico plano. Y lo peor de todo ello es que la ciudadanía, los fieles que asisten a ver las procesiones, ya comienzan también a estar hartos de tanto jueguecito inconsciente, tanto paso floreado, tanta parihuela de acá para allá, tanta corneta tocando lo mismo y tanto rencor oculto en muchos casos.

2 comentarios:

Keko dijo...

No podría venir este post en mejor momento, parece que la provincia de Cádiz no tiene otra cosa "mejor" que hacer que sacar muchas procesiones a la calle constantemente,es como las coplas del Carnaval sonando durante todo el año, una cosa es mantener vivas las tradiciones de un pueblo y otra abusar de ellas. Pero he de discrepar contigo, José Carlos en una cosa, creo que la gente, el pueblo llano vamos, lejos de estar harto, abarrota las calles, sino qué pasó el fin de semana pasado en Cádiz o al final del verano en La Isla con La Pastora. Parece como si las procesiones en estos difíciles tiempos que corren sirvieran para que la gente se pueda evadir de los problemas y no pensar...como el opio.

Un saludo
Keko

José Carlos Fernández dijo...

Cada vez menos, amigo, cada vez menos... Y eso lo sabemos los que llevamos años viendo gente en las calles. Y cada vez menos frente a los templos incluso en Semana Santa como recojas una cofradía más tarde de la una. y mucho angango suelto... Y los que van a los espectáculos gratuitos, lo hacen como los que van a ver una cabalgata en una buena parte.
Un saludo.