lunes, 15 de septiembre de 2008

Aviones en Cádiz

Francamente, no sé qué opinar con respecto al espectáculo de exhibición aérea celebrado este fin de semana en las playas de la capital gaditana. Teóricamente podría apuntarme a las congratulaciones ciudadanas (que son mayoritarias frente a las críticas) hacia quienes han sido los auspiciadores de esta iniciativa. Se habla de 230.000 personas concentradas en distintos puntos del término capitalino para presenciar las piruetas de los aviones, lo que significa casi el doble de la población que tiene Cádiz actualmente. Desde ese punto de vista, impecable. ¿Habrá conseguido el andalucista Manuel de Bernardo reunir 230.000 almas en San Fernando este fin de semana con sus coches tuneados? La rapidez por conocer la respuesta me deja sin dormir...

Admito la espectacularidad de los harrier y el resto de tipos de aeronaves haciendo piruetas, cabriolas sobre las nubes y todas esas cosas que impresionan, además de mantener el corazón en un puño viendo la innecesariedad de que un piloto queme el queroseno del aparato y caiga en picado hacia el mar y, en el momento oportuno, regrese hacia el cielo ante el aplauso del personal. Particularmente no me atrae lo más mínimo. Qué le vamos a hacer, sobre gustos ya saben. Pero me alegro de que tantas miles de personas disfrutaran del espectáculo. Distinto es mi criterio sobre esas sorprendentes excursiones o visitas que organizan los destacamentos militares con centros educativos o jornadas de puertas abiertas en las que niños de nueve, diez, once años se hartan de dar vueltas por el interior de los tanques, colocados como si fueran inofensivos, se fotografían con metralletas y lanzagranadas al lado de un maromo vestido de verde de 1,90 de estatura o conocen de primera mano una granada. Yo jamás llevaría a mi hijo a esas cosas, la verdad, y menos aún lo fotografiaría portando un m-16 al más puro estilo de Stallone en la cartelera de Rambo. Desconozco porqué los gobiernos no prohíben esas cosas. Ah, sí, que hay que meter gente en el ejército. Ya...

Lo de los aviones de este fin de semana no es lo mismo que lo de los tanques, por mucho que no queramos ver que la mayoría de esos aparatos que surcan el aire sirven también para matar. O para defendernos, que podemos decir eufemísticamente. No obstante, insisto, me alegro del deleite de los asistentes. Como también me satisface que algunos, muchos, aporten su diferente punto de vista sobre estas cosas, porque al final todos tenemos una parte de razón. Basta entrar en los comentarios plasmados en internet para leer a los que opinan sobre el innecesario gasto de combustible (durante cuatro días, no lo olviden) en tiempos de crisis, la contaminación acústica o los que, simple y llanamente, les aterra el virulento perfil de un avión de combate, sin necesidad de aportar explicación alguna.

En realidad creo que era más atractivo, al menos para mí, el concierto que el compositor español Roque Baños ofreció en el Teatro de Córdoba el sábado por la noche, dirigiendo con su batuta a la orquesta de la ciudad califal interpretando bandas sonoras como Alatriste, Los crímenes de Oxford, No somos nadie o La comunidad. Lástima que no pudiera yo asistir, aunque por una razón más que justificada: se casaban mis amigos José Vilches y May Romero. Qué buen ratito. Para aviones estábamos el domingo, vamos...

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