viernes, 1 de agosto de 2008

Portugal, tan cerca y tan lejos...

Hace sólo un par de días que regresé de mi viaje veraniego. No está el bolsillo en su momento más pudiente, no era el momento de volver por cuarta vez a París (regresaría a la capital francesa mil veces) ni a saldar cuentas con Roma. Me han quedado algunas con ella o con otras ciudades -menos de las que me gustaría visitar- pero ya el hecho de organizar un viajecito este julio casi arruinará mi maltrecha economía.

No es mi intención llorar en el hombro de quien me lee, así que dejaremos la economía doméstica para otra ocasión. Un viaje relativamente barato y con deseos de hacerlo por una misteriosa atracción que intuyo procede de la coetaneidad peninsular es el que he hecho a Portugal. Dos días en Lisboa y el resto conduciendo hacia el norte hasta encontrarme con Oporto, Braga y volver a rodar por territorio español para disfrutar de Vigo y Santiago.

Portugal está cerca, te cuelas en Lisboa en el Megane en apenas cinco horas desde Cádiz. Tan cerca su cultura mediterránea, sus curiosas coincidencias (el Barrio Alto es como El Pópulo gaditano pero con mayor oferta de locales y muchísima basura en las paredes, desde pintadas a carteles), como tan lejos su desarrollo en determinados ámbitos. Estás en una maravillosa capital a la que no tienes que considerarla de otra manera que una hermana pobre de otras europeas. No es que me decepcionara ni es mi deseo juzgar cuando han sido apenas dos días y medio los que he pisado la capital lisboeta, eso sí, sin parar, distribuyendo los tiempos para ver sus plazas, su estación de Rossio o como véis en la foto, la Tasca do Chico de noche, donde una chica interpretaba fados ante nuestra atenta mirada y cubiertos de cientos de banderas de clubes de fútbol colgadas en el techo de este recoleto local. Más me gustaron los manjares del queso fundido en la vinoteca más arriba o en la calle paralela los mojitos...

Si alguna vez vais a Portugal porque aún no la conocéis, no dejéis de ir a Sintra. A apenas cuarenta minutos en tren de la capital, sería un pecado mortal no subir en tranvía hasta el castillo do Pena, residencia de los reyes portugueses tardíos, y el castillo dos Mouros, llamado así por ser una fortaleza musulmana que francamente me impresionó su trazado, sus almenas, sus pasillos, su altura, todo ello coronado incluso con una bandera árabe como también podéis ver en la foto.

Y guardad tiempo para ver Oporto. No exagero, a veces me embrujaba en sus calles y su canal marítimo una sensación similar a la que me recorre el cuerpo cuando paseo por Cádiz. Oporto tiene encanto y no lo da sólo sus vinos. Es la foto correspondiente al puente.


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