miércoles, 14 de marzo de 2007

La vida de los otros


Los alemanes son unos señores muy serios que cuesta trabajo pedirles fuego porque te imponen respeto hasta en el ascensor. Eso lo sabemos todos. A mí ese carácter me gusta, a pesar de que me parecen sumamente aburridos cuando en julio -antes de viajar al Congreso de Música de Cine de Úbeda- los tengo en un chalet anexo al que veraneo durante unos días y a las ocho de la tarde ya están levantando la sábana de la cama para dormir. No es que me dedique a husmear entre los setos que dividen ambas parcelas como si fuera el hermano de Emma Penella en Aquí no hay quien viva, sino que resulta evidente. No oyes nada y están dentro porque el coche lo tienen aparcado en la puerta, las luces están encendidas, uno de ellos decide despendolarse y lee una revista en una mecedora en el porche, que ya es para ellos a esa hora como ir a la Punta de San Felipe en Cádiz pasadas las cinco de la madrugada...

Lo que les venía a decir es que esa seriedad aplicada en determinados ámbitos me parece extraordinaria. Por ejemplo, en el cine. No sé si han visto ya La vida de los otros. Háganme caso y vayan. De paso que comprueban el cine serio, sólido, compacto, primitivo quizá en sus maneras pero por ello en estado puro y cómo manejan el tempo narrativo los germanos, también pueden dejar de mirarse el ombligo a la hora de demostrar el desconocimiento cinematográfico existente en España.

Con el filme de Florian Henckel Donnersmarck -que así se llama el director de este filme y no me pregunten qué es lo que ha hecho antes de esta gran película- sucede lo mismo que hace ahora veinte años. Recuerdo que por aquel tiempo se estrenó Mujeres al borde de un ataque de nervios, la ocurrente cinta de Pedro Almodóvar que vino a aportar una necesaria frescura al manido panorama del cine patrio. Claro que eso le importaba tres puñetas al resto de países, pero no lo entendimos y creímos que ya teníamos el Oscar en el bolsillo porque el guión tenía chispa -ríase usted de Billy Wilder y IAL Diamond-, Banderas despuntaba y Rossy de Palma se pegaba casi toda la película dormida, lo cual era de agredecer. Cuando todos pensábamos que el sobre iba a contener el nombre de la cinta del director manchego, apareció en su lugar Pelle el conquistador, que en España no la había visto ni el acomodador de los cines del Palacio de la Prensa de Madrid. Bille August la presentó por Dinamarca antes de venderse a comercialidades como Smilla o La casa de los Espíritus. Aquella obra maestra con Max von Shydow se llevó la estatuilla y los españoles nos quedamos con la cara partida. Eso lo sabía yo, y no me sumo ahora a la fuerza del viento que viene de hechos ya acontencidos. Es que el filme de August era un gran película y lo de Almodóvar una gracia con momentos de cierta brillantez.

La historia se ha repetido dos décadas después, aunque Volver ni siquiera llegó a ser nominada, lo que no dice mucho en favor de esta alabada cinta de Almodóvar, a años luz de la frescura direccional que el cineasta español demostró en obras suyas de verdadera valía como ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, Matador (su filme más obsesivamente atrayente) o incluso Hable con ella. Hemos trasladado al cine la paleta euforia que mostramos con la selección española de fútbol cada vez que se juega un Mundial, creyéndonos que vamos a ganarlo o al menos situarnos entre los cuatro primeros, y hemos ensalzado tanto Volver que hemos creído que era la repanocha y Penélope Cruz toda una gran actriz. Pe, sí, ella subiendo la cuesta con cesta en mano rodeada de lugareños que le ofrecen en su caminar productos de la tierra para su restaurante en un ambiente festivo y feliz... Como Bella en The Beauty and the Beast de Disney en la presentación de motivos, con aquel maravilloso tema zarzuelero del comienzo de la película escrito por Alan Menken y ella rodeada de gente del pueblo, visitando la librería, contemplando las ovejitas... Por favor, Pé,...please, señor Almodóvar. Quién le ha visto y quién le ve.

Pues eso, cara partida de nuevo. Pero es que no hay punto de comparación. Y miren que hace tres meses lo comenté en mi círculo de contertulios cinéfilos (palabro odioso), que el cine alemán es mucho cine y que competir con él, igual que con el danés, es sumamente difícil. Aún recuerdo aquellos pies desnudos infantiles desabrigados por una madre desquiciada en aquel búnker antes de asesinar a sus propios hijos; aquellas últimas condecoraciones de un führer con su infinita demencia provocada por su indefectible derrota. ¿A alguien se le han olvidado las secuencias magistrales de El hundimiento? ¿Recuerdan cuando en 1981 irrumpió en el todopoderoso Hollywood Wolfgang Petersen con Das Boot (El submarino)?

Releguen durante unos minutos la estremecedora secuencia de la muerte de los púberes de Goebbels para situar en sus cabezas otras que no deben olvidar jamás y que demuestran a las claras ante qué clase de obra estamos cuando visionamos La vida de los otros: Las lágrimas de Ulrich Müe en un momento de inflexión del filme al oír por sus cascos determinada conversación, la secuencia del comedor con los chistes hacia Honecker, el atropello, el corazón encogido del espectador cuando Dreyman no se baja del automóvil para acercarse al ex capitán de la Stasi rebajado a repartir... No me hagan contarles nada más. Vayan a verla. Y a oírla. Gabriel Yared ya demostró su sensibilidad al hacer scores como El paciente inglés, Mensaje en una botella o Cold Mountain, pero preparen el vello de sus brazos para oír la Sonata de un hombre bueno escrita por el compositor de origen libanés. Nunca me perdonaré que no pudiera asistir a su concierto en Sevilla hace más de una quincena de años. Aún hay tiempo en otra ciudad, en otro lugar, estoy convencido...

martes, 13 de marzo de 2007

Utilizados


Vaya por delante mi profundo respeto a las personas que, de buena fe, manifestaron este pasado sábado su oposición a la medida adoptada por el Gobierno socialista relativa al régimen penitenciario del etarra De Juana Chaos. Cada español tiene la suficiente madurez como para realizar una profunda reflexión al respecto y extraer sus conclusiones. Para algunos, la decisión del Ejecutivo de Rodríguez Zapatero ha servido para evitar convertir al asesino independentista en un mártir de la causa abertzale. Todo Gobierno medianamente inteligente sabe que un preso de estas características fallecido entre barrotes se suma más en el debe que en el haber de su gestión, por mucho que una buena parte de la ciudadanía prefiera ver muerto a De Juana Chaos antes que vivo y coleando. Para otros, se trata de una concesión a ETA, de un signo de debilidad o de un gesto inútil. Escarmentados por lo sucedido en Barajas recientemente, se preguntan para qué puede servir este signo de flexibilidad si después regresan las bombas. Entre los opositores a la decisión de ZP y su ministro Rubalcaba también están los que argumentan constantemente que la labor policial terminará por exterminar al terrorismo.Aparece entonces la retórica, la manida frase de que "el estado de Derecho acabará con ETA". La misma que se viene empleando desde hace nada menos que treinta años. "Ser fuerte y combatir el terrorismo con los mecanismos....las fuerzas de seguridad del Estado...", frases hechas para cada rueda de prensa posterior a los atentados que vienen a asaltarme de dudas. ¿Los etarras matan menos por la presión "al estilo PP" y su retoricismo o quizás es que los acercamientos negociadores de los últimos años dan sus frutos tan lentamente como resulta obvio en un proceso tan delicado?Soy consciente al hablar de conversaciones a lo largo de estos ejercicios porque de haber entablado un proceso con ETA nadie se ha escapado. El Gobierno de Aznar así lo hizo y en los tiempos de Mayor Oreja como ministro del Interior se acercaron más de setenta presos a las cárceles del País Vasco, por mucho que ahora no deseen recordarlo Rajoy y sus chicos.Se me va la cabeza de una manera espectacular. Yo no quería solucionar "el problema vasco", otra frase hecha y manida. Lo único que deseaba era mostrar mi rechazo a que la bandera de este país se utilice como a cada uno le venga en gana. Durante 40 años de dictadura, Franco hizo suyos los colores de nuestra insignia y los dictadores acostumbran a adulterar la bandera del país en cuestión haciéndola suya. Por eso me da pavor ver cómo existen partidos políticos que se apoderan de nuestra bandera para esgrimir sus argumentos.Exijo al PP, como ciudadano español, que deje de enarbolar nuestra bandera como elemento manipulado para sus reivindicaciones. Que las viera el pasado sábado no es algo que me agrade, pero al menos la manifestación se convocaba bajo el lema "Por España y su unidad" o algo similar muy propio de la derecha, lo que dicho sea de paso me produce grima. Pero no sé porqué las banderas españolas están presentes en la calle Génova la noche de las elecciones, ni en las manifestaciones contra la ley de homosexuales, ni el himno nacional se escucha en las concentraciones de determinada asociación de víctimas del terrorismo. No quiero ver utilizados elementos que están por encima de Zapatero y, afortunadamente, aún más alejados de Rajoy y los reaccionarios de los que se ha rodeado.

jueves, 1 de marzo de 2007